A lo largo de la historia el ser humano ha actuado con el medio ambiente como un depredador. Explotándolo hasta el límite. Y en las ocasiones en que ese medio ambiente era especialmente frágil, explotándolo hasta destruirlo. Cuando eso sucede, la sociedad que se abastece de los recursos de ese entorno ahora arruinado para siempre sucumbe, y sucumbe de un modo brutal y desagradable. Fin. El problema del siglo XXI es que nuestra capacidad intelectual para darnos cuenta de los verdaderos problemas que nos acucian sigue siendo tan lenta como siempre, pero nuestra técnica es más poderosa y rápida que nunca. El resultado de esta disparidad entre sabiduría y técnica es que hemos destruido nuestro medio ambiente antes de que pudiéramos o quisiéramos darnos cuenta. Ya no se trata de si habrá o no habrá cambio climático, se trata de saber si podremos sobrevivir a él. En un sistema complejo cualquier modificación, incluida una aparentemente pequeña variación de dos grados en la temperatura media, desencadena efectos completamente imprevisibles. La tierra, sencillamente, jamás volverá a ser la misma. Y no tenemos otra. ¿Quién tiene la culpa? Jared Diamond evita hablar de buenos y malos. Nadie ha buscado este daño de una forma consciente. Ni siquiera aquellas entidades que realmente han explotado los recursos, las empresas. La razón de ser de las empresas no es proteger el medio ambiente, sino producir beneficios para sus accionistas. Si a una empresa maderera se le concede la explotación de un bosque durante dos años, lo talará entero en ese plazo. Si se le concede la explotación a perpetuidad, se preocupará de mantenerlo y talará de un modo sostenible para asegurarse unos ingresos permanentes. En cuanto a los políticos, la decisión no es fácil. Necesitan dar empleo a la población, y a menudo lo necesitan desesperadamente. Y en cuanto a la población, necesita comer y alimentar a sus hijos. Lo que Jared Diamond no menciona son ciertas prácticas perniciosas que surgen de posibles alianzas de poder entre empresas y políticos. Incluyendo informes contradictorios acerca de la realidad del cambio climático, que han retrasado las medidas paliativas. O, ya en términos más criminales, la negativa de los dirigentes de ciertos países a firmar acuerdos para reducir el daño. Por tanto, para salvarnos no podemos esperar una política impuesta de arriba abajo. Si queremos sobrevivir, tendremos que imponer una política de abajo a arriba. Porque se trata de sobrevivir. Del mayor reto al que jamás se haya enfrentado la humanidad en su conjunto. Nuestra capacidad de destrucción es tan inmensa que caminos por un alambre. Es tan global, que lo que sucede en Japón afecta a Madrid. La complejidad de nuestro entorno y de nuestra sociedad es tan extrema, que la mutación de un virus en el interior del intestino de un pollo de China puede acabar con toda la especie humana. Y sin embargo, la “consciencia” del ser humano no ha progresado a la misma velocidad. La evolución no nos ha preparado para manejar este poder. Seguimos prestando más atención a nuestra tribu, a nuestra ciudad, a nuestro país o a un grano en nuestra frente que al alud que se nos viene encima desde Asia. Es lógico. Así es como hemos vivido durante un millón de años, fijando la vista en el árbol más próximo, en nuestra familia y en el grano de la nariz. Pero es imprescindible cambiar esa mentalidad. En ningún momento de la historia de la humanidad el futuro ha dependido de tal modo de nosotros mismos. Porque, aún antes de que lleguemos a Marte, la Tierra misma podría convertirse en otro Marte, sin más rastro de vida que el dudoso fósil de una bacteria. Pero para que esa conciencia llegue a salvarnos, es necesario que todos estén concienciados, incluso los que se benefician de la explotación sin límite de los recursos. Al respecto, quiero mencionar uno de los casos que toma como ejemplo Jared Diamond, la Groenlandia vikinga. Cuando los vikingos se asentaron en Groenlandia el clima era más cálido que el actual. Disponían de dos zonas aptas para la economía ganadera propia de Noruega. La zona oriental, más rica en pastos, y la zona occidental, más pobre en pastos, pero en ambos casos suficiente para la supervivencia. El Titánic es una buena metáfora de nuestra sociedad actual. Hemos chocado contra un iceberg, se han lanzado los botes al agua, y los ricos los han llenado mientras los pobres se ahogan, encerrados bajo cubierta. Los ricos están ahí, apretujados en la oscuridad, contentos de haberse salvado, sin importarles o sin querer saber que otros seres humanos están encerrados bajo el casco. Esperan que acuda un barco a recogerles para dar por terminada la pesadilla. En las cenas de gala tendrán una aventura que contar. ¿Y quién puede tachar de ciegos e ignorantes a los vikingos de Groenlandia, o incluso al accionista de la empresa maderera? Quien sea capaz de renunciar a su coche, uno de los principales causantes del cambio climático, que tire la primera piedra. La lectura de este libro debería ser obligatoria en todas las escuelas. La religión es un asunto privado, y a nadie le han salvado de perecer las raíces cuadradas. En cambio, en el ecologismo nos va la vida. O reaccionamos o morimos todos. A elegir.
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Javier Arriero Si quieres insertar un comentario, envíamelo Principiantes (de qué hablamos cuando hablamos de amor), de Raymond Carver El sindicato de la policía yiddish, de Michael Chabon Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores, de Douwe Draaisma Decadencia y caída del Imperio Romano Custer, la masacre del séptimo de caballería, de Evans S. Connell Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero, de Marc Ferro Guía para entender el Nuevo Testamento, de Antonio Piñero La invención de Irlanda, de Declan Kiberd La vida que se cumplió, de Carlos del Pozo Confesiones de un rebelde irlandés, de Brendan Behan El largo adiós, de Raymond Chandler
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