Colapso, de Jared Diamond

 

Por qué: en su anterior obra, Armas, gérmenes y acero, Jared Diamond explicaba por qué, debido a una serie de factores sorprendentes, y a menudo puramente azarosos, unas sociedades se convertían en primeras potencias y otras en países subdesarrollados.

Intuía que Colapso sería un libro importante, pero todavía ignoraba que se trataba, en realidad, de un libro imprescindible. En Colapso, Jared Diamond cuenta algo aún más vital para nosotros: por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen. Y nosotros estamos a punto de desaparecer.

A lo largo de la historia el ser humano ha actuado con el medio ambiente como un depredador. Explotándolo hasta el límite. Y en las ocasiones en que ese medio ambiente era especialmente frágil, explotándolo hasta destruirlo. Cuando eso sucede, la sociedad que se abastece de los recursos de ese entorno ahora arruinado para siempre sucumbe, y sucumbe de un modo brutal y desagradable. Fin.
La ventaja es que, hasta nuestro siglo, la capacidad de destrucción del ser humano era limitada. Su número era escaso y su técnica rudimentaria. Eso permitió que algunas sociedades situadas en entornos más robustos pudieran percibir a tiempo que, en caso de mantener ese tipo de economía depredadora, se abocaban al desastre. Y enmendaron su camino de dos modos: o de abajo a arriba, es decir, imponiendo restricciones desde la población común hacia los gobernantes, o de arriba abajo, es decir, que son los propios gobernantes los que imponen una política ecológica al pueblo.

El problema del siglo XXI es que nuestra capacidad intelectual para darnos cuenta de los verdaderos problemas que nos acucian sigue siendo tan lenta como siempre, pero nuestra técnica es más poderosa y rápida que nunca. El resultado de esta disparidad entre sabiduría y técnica es que hemos destruido nuestro medio ambiente antes de que pudiéramos o quisiéramos darnos cuenta. Ya no se trata de si habrá o no habrá cambio climático, se trata de saber si podremos sobrevivir a él. En un sistema complejo cualquier modificación, incluida una aparentemente pequeña variación de dos grados en la temperatura media, desencadena efectos completamente imprevisibles. La tierra, sencillamente, jamás volverá a ser la misma. Y no tenemos otra.

¿Quién tiene la culpa? Jared Diamond evita hablar de buenos y malos. Nadie ha buscado este daño de una forma consciente. Ni siquiera aquellas entidades que realmente han explotado los recursos, las empresas. La razón de ser de las empresas no es proteger el medio ambiente, sino producir beneficios para sus accionistas. Si a una empresa maderera se le concede la explotación de un bosque durante dos años, lo talará entero en ese plazo. Si se le concede la explotación a perpetuidad, se preocupará de mantenerlo y talará de un modo sostenible para asegurarse unos ingresos permanentes. En cuanto a los políticos, la decisión no es fácil. Necesitan dar empleo a la población, y a menudo lo necesitan desesperadamente. Y en cuanto a la población, necesita comer y alimentar a sus hijos. Lo que Jared Diamond no menciona son ciertas prácticas perniciosas que surgen de posibles alianzas de poder entre empresas y políticos. Incluyendo informes contradictorios acerca de la realidad del cambio climático, que han retrasado las medidas paliativas. O, ya en términos más criminales, la negativa de los dirigentes de ciertos países a firmar acuerdos para reducir el daño. Por tanto, para salvarnos no podemos esperar una política impuesta de arriba abajo. Si queremos sobrevivir, tendremos que imponer una política de abajo a arriba.

Porque se trata de sobrevivir. Del mayor reto al que jamás se haya enfrentado la humanidad en su conjunto. Nuestra capacidad de destrucción es tan inmensa que caminos por un alambre. Es tan global, que lo que sucede en Japón afecta a Madrid. La complejidad de nuestro entorno y de nuestra sociedad es tan extrema, que la mutación de un virus en el interior del intestino de un pollo de China puede acabar con toda la especie humana. Y sin embargo, la “consciencia” del ser humano no ha progresado a la misma velocidad. La evolución no nos ha preparado para manejar este poder. Seguimos prestando más atención a nuestra tribu, a nuestra ciudad, a nuestro país o a un grano en nuestra frente que al alud que se nos viene encima desde Asia. Es lógico. Así es como hemos vivido durante un millón de años, fijando la vista en el árbol más próximo, en nuestra familia y en el grano de la nariz. Pero es imprescindible cambiar esa mentalidad. En ningún momento de la historia de la humanidad el futuro ha dependido de tal modo de nosotros mismos. Porque, aún antes de que lleguemos a Marte, la Tierra misma podría convertirse en otro Marte, sin más rastro de vida que el dudoso fósil de una bacteria.

Pero para que esa conciencia llegue a salvarnos, es necesario que todos estén concienciados, incluso los que se benefician de la explotación sin límite de los recursos. Al respecto, quiero mencionar uno de los casos que toma como ejemplo Jared Diamond, la Groenlandia vikinga. Cuando los vikingos se asentaron en Groenlandia el clima era más cálido que el actual. Disponían de dos zonas aptas para la economía ganadera propia de Noruega. La zona oriental, más rica en pastos, y la zona occidental, más pobre en pastos, pero en ambos casos suficiente para la supervivencia.
Desgraciadamente, la tierra era frágil, y cuando las ovejas comenzaron a comer la cubierta vegetal, la erosión arrastró los nutrientes y la vegetación perdió su capacidad de regenerase. Los vikingos groenlandeses pudieron abandonar el tipo de economía que practicaban en Noruega y adoptar la economía sostenible de los inuit, basada en la caza de focas y ballenas. Pero no lograron superar sus condicionantes culturales. Cuando el clima comenzó a enfriarse, sencillamente carecieron del pasto suficiente para alimentar al ganado. En el territorio occidental, más pobre, la crisis llegó antes. Devoraron a todos los animales hasta las pezuñas. Sin embargo, no se han encontrado restos humanos en ese asentamiento. Cabe suponer que, una vez agotados todos los alimentos, se abalanzaran sobre las granjas de la zona oriental, de un modo semejante a como los habitantes de los países subdesarrollados se agolpan hoy en las fronteras del primer mundo. Y, finalmente, también consumieron hasta las pezuñas todo el ganado existente en la zona oriental.
Cuando un sacerdote noruego arribó a Groenlandia para comprobar el estado de la colonia, la colonia ya no existía. No había rastro de seres humanos. Y, sin embargo, ese fin no era un destino. Los inuit, en las mismas condiciones climáticas, sobreviven hasta hoy.
La única ventaja real de los granjeros más ricos de la zona oriental fue la de ser los últimos en morir.
Y este ejemplo se repite en la sociedad Maya, en la sociedad de la isla de Pascua, y en tantas otras; precisamente cuando esas sociedades alcanzan su máximo esplendor, y por tanto su máximo de población, es cuando se acercan al filo. Y algunas, las que no afrontan sus problemas adecuadamente, caen en el abismo.

El Titánic es una buena metáfora de nuestra sociedad actual. Hemos chocado contra un iceberg, se han lanzado los botes al agua, y los ricos los han llenado mientras los pobres se ahogan, encerrados bajo cubierta. Los ricos están ahí, apretujados en la oscuridad, contentos de haberse salvado, sin importarles o sin querer saber que otros seres humanos están encerrados bajo el casco. Esperan que acuda un barco a recogerles para dar por terminada la pesadilla. En las cenas de gala tendrán una aventura que contar.
Pero, en este caso, ningún barco acudirá jamás, porque no quedará nada ni nadie. La Tierra misma es la que se hunde. Y su privilegio será vagar por el océano, muriendo de hambre, sed y frío. Se comerán unos a otros como se han comido a los pobres, pero eso sólo retrasará de un modo horrible su propio final. Al final, el que fuera un político, o un magnate petrolero, o el accionista de una empresa maderera, comprenderá lo que ha hecho mientras roe el tuétano de un hueso. Pero será tarde.

¿Y quién puede tachar de ciegos e ignorantes a los vikingos de Groenlandia, o incluso al accionista de la empresa maderera? Quien sea capaz de renunciar a su coche, uno de los principales causantes del cambio climático, que tire la primera piedra.

La lectura de este libro debería ser obligatoria en todas las escuelas. La religión es un asunto privado, y a nadie le han salvado de perecer las raíces cuadradas. En cambio, en el ecologismo nos va la vida. O reaccionamos o morimos todos. A elegir.

 

Javier Arriero