Me dijo Caléndula:
- Me gustaría ir a un país musulmán. Para conocer otras culturas.
- Uy, otras culturas - dije yo – eso es fatal, que luego relativizo.
- Los bazares pintorescos, el oriente...
- Uy, el oriente. Ahí relativizo seguro.
- Túnez, por ejemplo.
- ¿Tienen playa?
- Sí.
- Entonces vale.
Túnez es maravilloso y sus gentes, deliciosamente acogedoras. Hecha esta puntualización para que luego no se generen dudas, seguimos adelante.
Conozco de primera mano la religión musulmana y debo decir que no es peor que cualquier otra religión. Todas son machistas, sí, pero en ninguna parte de sus libros sagrados pone que mates a nadie. Bueno, en el Antiguo Testamento sí lo pone, pero ese es otro tema, y además los motivos para matar son surrealistas, o sea, que no suelen darse en la vida cotidiana.
La religión musulmana es tan benévola y humanitaria como las demás. Lo que hay es un problema serio de crítica literaria, compartido por todas las religiones. Allá donde el texto indica explícitamente, dad de comer a los pobres y repartid con ellos vuestras riquezas, se interpreta, generalmente, como una alegoría, una bonita metáfora puramente espiritual que no se refiere a tu bolsillo. Donde quizá pudiera interpretarse que tal vez, en determinadas circunstancias, pudiera llegar a menoscabarse de alguna manera la dignidad de algún individuo, algunos leen que cuando te encuentras con alguien que no está de acuerdo contigo hay que abrirle la cabezas a pedradas. Que tú agarras el libro, lo lees de punta a rabo y te dices, yo no sé ni de dónde se han sacado la inquisición, ni qué parte de la frase"sed compasivos" no han terminado de comprender.
No obstante, como le sonsaqué a mi guía, la mitad de la población de Túnez son como la mayoría de los católicos de España, es decir, no practicantes. O sea, que estás como en casa.
En la playa estuve, pero os cuento mis aventuras en el desierto. Contratamos una expedición al desierto de dos días en la que ya me veía, quizá no como Lawrence de Arabia, pero sí, como Lawrence de Arabia. Y aventura fue, pero no al estilo Paul Bowls, sino al estilo globalización.
Salimos en autobús a las seis de la mañana (impresionante ¿son esto vacaciones? le decía yo consternado a Caléndula). La guía hablaba menos que Harpo. Nos detenemos en El Jem. En El Jem está el tercer anfiteatro romano más grande del mundo. Cuando conseguimos llegar a la ruina en cuestión nos dice la guía que tenemos tres cuartos de hora para visitarla. Que parece suficiente. Incluso mucho. Pero pasamos dos de los tres cuartos haciendo cola en el cuarto de baño. Los minutos restantes los empleamos en lanzar fotos a la desesperada, como los otros miles de turistas.
Volvemos al autobús. Parece que avances por una cinta de gimnasio, porque lo que se ve por la ventanilla son inmensos campos de olivos plantados exactamente a la misma equidistancia. Y así cuatro horas. Al fin llegamos a un poblado bereber excavado en la masa arcillosa de una montaña. A falta de otra cosa, los bereberes excavan un agujero en la tierra y ahí viven. Lo llaman Casas Trogloditas. A los turistas nos descargan a rebaños.
En la casa troglodita hay como dos mil millones de turistas entrando y saliendo de las habitaciones y haciéndole fotos a cada milímetro de pared. Si juntas todas las fotos te sale una película en 3D, porque no se escapa ni un fotograma. En las puertas se forman peligrosos guirigáis con riesgo de aplastamiento propio de un estadio de fútbol. Momentos hay en que nadie puede entrar ni salir y se masca la tragedia, que tiene un sabor como metálico.
Hay un molino de piedra manual en una de las habitaciones, digno de mención porque no se ven molinos de piedra manuales desde el neolítico. En el dormitorio, en medio de la miseria del mobiliario, junto a una cama, hay un par de cuentos para niños de Aladino, y un cuaderno de caligrafía. Pero no es la habitación de los niños. Es el dormitorio del matrimonio.
Momento desolador.
Tras diez minutos de tristeza volvemos otra vez al autobús y nos tiramos otras cuatro horas rodando (un olivo es un olivo es un olivo) hasta llegar a Dozu, puerta del desierto. En realidad, según mi mapa, el desierto empieza realmente mucho más allá de Dozu, que es un gran oasis, pero allí nos descargan en masa y nos suben en dromedarios. Montar en dromedario es toda una experiencia, sobre todo al día siguiente. Pese a lo breve del trayecto, montar a horcajadas sobre tan ancho lomo te produce unas agujetas espantosas justo alrededor del ano, y, aunque no lo he vivido, calculo que al día siguiente la sensación viene a ser la misma que cuando te sodomizan varias veces. Como experiencia, lo es. Y a lo Lawrence.
Damos un paseo en dromedario como de diez minutos, avanzando lentamente hacia la primera duna, con un bereber guiando al dromedario. Es necesario, porque los dromedarios tienen una mala leche proverbial. Cuando doblan el cuello hacia ti y te miran con sus largas pestañas no es por cariño, precisamente. Se muerden unos a otros en cuanto el guía se descuida, y se morderían a sí mismos si alcanzaran.
Por primera vez nadie intenta venderte nada, ni te pide dinares, y te dices, vaya, voy a poder disfrutar tranquilamente del sahara.
Yo sé que esta primera duna no es ni mucho menos el comienzo del desierto, porque lo pone en mi mapa, pero como representación, tiene un pase. Estoy allí, viendo anochecer, con un sol inmenso, en medio de un silencio, por lo que pude detectar, prodigioso. Esa es su principal característica, un silencio tan alto como un grito.
Pero pude detectarlo poco, porque, según nos descargan de los dromedarios, aparecen tipos corriendo que te abren una coca cola, te anudan un pañuelo en la cabeza y te piden dinares por sus desvelos.
Y estás allí, por fin, tras recorrer miles de kilómetros, al pie del oceánico sahara; miras al horizonte con una coca cola en la mano (¿habrá mayor símbolo de la globalización?), intentas paladear el momento, la sensación, el inaudito silencio, hasta compones contra el cielo una pose bonita; pero no hay forma. Estás rodeado de desconocidos que te piden dinares o que no quieren pagarlos, que si yo no quiero el pañuelo, que si te devuelvo la coca cola (yo pagué inmediatamente para que me dejaran en paz, pero fui el único) que si un dinar, que si tres. Te dices, respira hondo, no estampes a nadie la coca cola en la cabeza, que no sabes cómo se pena eso aquí, que son musulmanes. Tú espera, que ya se cansarán.
Y se cansan. Justo cuando el último español paga el último pañuelo nos suben otra vez a los dromedarios, y de vuelta al autobús. Diez horas de autobús para llegar al desierto, cinco minutos para disfrutarlo.
Al día siguiente nos levantaron ¡a las cuatro de la mañana! Que le decía yo a Caléndula, voy a confirmar la hora, que creo que no la he oído bien.
- Sí, a las cuatro de la mañana salimos, me dice Harpo.
- Será noche cerrada, le pronostico yo tímidamente.
- Sí, pero llegaremos antes que el resto de los turistas.
Conecto el despertador. En cuanto cierro los ojos el despertador se pone a sonar. Y según pongo un pie en el suelo constato que algo horrendo y delictivo me ha acontecido en las inmediaciones del recto, a la par que reprimo un gemido de dolor.
- Caléndula, no te asustes, pero creo que alguien ha entrado esta noche y me ha hecho una infamia.
- Imposible, con lo poco que hemos dormido, no ha dado tiempo. Debe de ser de cabalgar en dromedario, porque yo estoy igual.
Nosotros y todos. Es pintoresco ver a cien excursionistas andando como John Wayne entre quejidos.
La siguiente parada era un enorme lago salado. Como anunció Harpo, llegamos al lago salado los primeros. Como me temía yo, era noche cerrada. Así que lago salado sería, pero lo de enorme tuvimos que creérnoslo. La vista no penetraba más allá de diez centímetros en la densa tiniebla.
Del resto de la excursión ni me acuerdo... si hoy es lunes, esto es Túnez, y me estoy meando. No sé qué maravillas me perdería mientras aguardaba mi turno para ir al baño. La última parada fue Kairouán, tercera ciudad santa del islam, donde pasamos la mayor parte del tiempo en una fábrica de alfombras. Yo lo único que deseaba era bajar del autobús de una vez y para siempre.
Ir siete veces a Kairouan equivale a ir una a La Meca. Me pregunto qué pasa si ya vives en Kairouan. Con la globalización, me pregunto si también vale ir treinta veces al carrefour en lugar de una al camino de Santiago.
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Cabalgando alegremente en dromedario, ignorantes de lo que nos espera al día siguiente |
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Molino de piedra vintage. Esto no se ve desde el neolítico. |
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Imagen nocturna de la inmensa laguna salada. Esto, sencillamente, no se ve. |
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Por otra parte, comprar recuerdos es una tarea ardua que puede llevar desde días hasta semanas enteras, porque las tiendas funcionan con el demencial sistema del regateo. Este sistema se basa en que las cosas no tienen precio. En lugar de eso hay un tipo aburrido que tiene todo el santo día por delante para sacarte cuanto dinero pueda. Recomiendan ofrecer la mitad del dinero que piden, y jamás mostrar interés por el objeto que realmente deseas. En lugar de eso, remoloneas, coges un objeto, lo sueltas, y luego vas a por el objeto deseado
Así que, siguiendo estas sabias indicaciones, entras en la tienda a comprar digamos, una pipa de agua y, astutamente, coges, digamos, un mortero. ¿Cuánto es? Dos mil dinares. Te doy mil. Vale.
En el regateo llevas las de perder, porque cuando te dicen vale es que has pagado el doble de lo que deberías. Y si no lo pagas, pues no te dicen vale. Así que te marchas muy dignamente con un mortero que ni quieres ni necesitas y sospechando que te han timado. Y sigues sin tu pipa de agua.
Entras en la siguiente tienda, y, sagazmente, te dices; como todo el mundo hace lo mismo, ya saben que el segundo objeto es el que me interesa. Así que le desconcertaré yendo derecho a por lo que de verdad me interesa. Agarras valientemente la pipa. ¿Cuánto?, preguntas. Dos mil dinares. Te doy quinientos.
El sujeto te arranca la pipa de las manos y entre aspavientos demenciales te acusa de querer matar de hambre a sus hijos, por lo que huyes despavorido. Más aún cuando, ya en la calle y creyendo estar a salvo, compruebas que el individuo te persigue y te llama con amplios gestos de la mano. Ven para acá, ven para acá. Vuelves, un poco acojonado, ofreciéndole tus disculpas. Te dice, de modo muy confesional y exclusivo, mira, por ser tú, te la dejo en mil quinientos dinares.
Que no entiendes muy bien ese aprecio repentino por alguien que, según él, hace un momento quería matar de hambre a sus hijos. Serán las costumbres del país, te dices, por decirte algo.
Si vas a quedarte a vivir en Túnez y tienes toda la vida por delante, lo aconsejable es hacer tú mismo horribles aspavientos y reprocharle que también él pretende asesinar a tu familia lentamente de inanición con esos precios que se gasta. Estas acusaciones deben cruzarse gratuitamente alrededor de dos horas y media, entrando y saliendo de la tienda con profusión de ademanes histéricos, hasta ajustar el precio a lo razonable. Al final te llevas la pipa, y otros cuatro morteros a buen precio.
Pero si vas a pasar en Túnez cuatro días, y estás mejor en la playa o haciendo cosas más provechosas que cruzar acusaciones de tentativa de asesinato con completos desconocidos, casi mejor te vas a tiendas de precio marcado, que también las hay, y te quitas de encima los pintorescos bazares del zoco.
Mi única experiencia auténtica la tuve con un individuo que me interceptó en una tienda para decirme, durante la llamada del muecín, que Dios es grande y Bush pequeño, lo cual es objetivamente cierto. Era un hombre de un inmenso magnetismo, por lo que sospeché que se trataría de un imán. Decidí enzarzarme con él en una disputa de altos vuelos, occidente contra oriente, dos mil años de civilización confluyendo en un colosal choque de dialécticas.
Él me hablaba en inglés, idioma que entiendo desde lo concreto (sé lo que es mesa, silla, casa, etc...) pero que para los abstrusos matices de la teología se nos quedaba, digamos, corto. Yo le contesté en cuidadoso castellano, idioma que manejo con soltura, pero que el hombre magnético, sorprendentemente, no alcanzaba a discernir. Él viró hacia el francés, idioma en el que yo sólo sé pedir un café con leche torero (café olé). En respuesta, yo finté ágilmente al español, que todavía hoy se debate si es lo mismo o no es lo mismo que el castellano. Lo sea o no lo sea, que doctores tiene la iglesia, tampoco ahí nos encontramos. ¡Cuál no sería mi sorpresa al constatar que el imán tampoco entendía el español!
Evité cuidadosamente la respuesta hispana consecuente a esta falta de entendimiento, que consiste en inclinarse hacia el oído del sujeto y hablarle como si fuera gilipollas, es decir, a berridos. Estoy seguro de que eso hubiera solventado el choque intercultural, pero lo evité por si se confundía tan generoso esfuerzo por mi parte con meros gritos, y acudían guardias con alfanjes ante lo que pudiera parecer una agresión verbal.
Así que él, impotente ante mi impotencia, derivó hacia el árabe, idioma que parecía dominar a la perfección, aunque tampoco soy quién para juzgarlo, porque en ese registro yo sólo alcancé a saludarlo una y otra vez de forma obsesiva, del derecho y del revés, shalam aleikum, aleikum shalam (shalam alaikum lo dices cuando vienes; alaikum shalam, cuando vas; debes emplearlo al revés al tiempo que caminas de espaldas únicamente cuando pretendas desconcertar al oponente antes de emprender una huida. De este modo el oponente cree que te acercas cuando en realidad te estás alejando de modo subrepticio, ganando unos segundos preciosos que luego en casa te pueden venir bien para cambiar la melodía del móvil, por ejemplo; por cierto, había aprendido muchas más expresiones en árabe, pero la mente me hizo un fundido a negro, de ahí el encasquille).
En fin, desquiciado por las dificultades de comunicación que enturbian desde tiempos inmemoriales las relaciones oriente-occidente, yo traté de derivar la disputa (bueno, disputa todavía no era, porque no había sobre qué) hacia el lenguaje de signos, manoteando con un vigoroso movimiento de brazos. Pero el lenguaje de signos, para mi asombro, tampoco es universal, de modo que él también manoteaba, pero como si se defendiera.
Tras esto él me miró. Yo le miré. En definitiva, nos miramos en silencio. Sonreímos, inclinamos la cabeza como dos luchadores de judo, y nos fuimos cada uno por un lado.
No obstante, en su honor debo decir que creo que se fue convencido. |