Cómo aprender a leer la televisión, de María Acaso

Por qué: el título completo del libro es "Esto no son las torres gemelas: cómo aprender a leer la televisión y otras imágenes". Me lo encontré en la feria del libro. Vi la portada. ¿Esto no son las torres gemelas?, pensé. Llegué a la conclusión de que la imagen de la portada trataba algún juego visual, del tipo: si pone la portada en horizontal descubrirá que son dos cajas de zapatos, o algo así. Algo tontorrón e ingenioso.

Pero la solución era mucho más sencilla, y al mismo tiempo más profunda. La autora explicaba que el dibujo de la portada no son las torres gemelas. Es una representación de las torres gemelas. En ese instante decidí llevarme el libro a casa. Parecía que el asunto daría mucho de sí. Y efectivamente, así fue. Además, poner las palabras "televisión" y "leer" en la misma frase ya era en sí mismo sugerente.

Cuando estudié en la Escuela de Letras descubrí que durante toda mi vida había estado indefenso ante un texto. Descubrí que en la práctica no había leído nada, porque no había sabido desvelar la intención implícita de lo que leía.
Lo que me habían enseñado acerca de la literatura era, básicamente, una lista de autores exclusivamente españoles de cada época, y, casi siempre, los más mediocres y rancios. Una enseñanza inane que no servía para interpretar un texto cualquiera de un modo crítico, es decir, de un modo que me aportara conocimiento. Esta carencia de capacidad crítica nos deja indefensos como lectores, y por extensión, como personas y ciudadanos. Nos convierte en meros espectadores fácilmente manipulables. Hay una diferencia fundamental entre saber leer un texto y saber interpretarlo.
Del mismo modo, hay una distancia entre ver una imagen y saber interpretarla. Este libro, “Cómo aprender a leer la televisión y otras imágenes", de María Acaso, trata un tema aparentemente evidente: una imagen de la realidad NO es la realidad. Y sin embargo, es un hecho que tendemos a olvidar, del mismo modo que olvidamos que un narrador puede mentir. Tendemos a confundir el texto con la verdad y la realidad con la imagen. Y esto, cuando somos bombardeados día tras día con miles de imágenes, es un peligro.

"Cómo aprender a leer la televisón" trata de alfabetizarnos respecto a la imagen, de dotarnos de capacidad crítica. Es decir, nos hace comprender que una imagen no es una realidad.
Hay una distancia abismal entre lo que vemos mirando por una ventana (la realidad) y lo que vemos en la televisión. No hay intermediarios en la imagen que vemos a través de la ventana. Pero siempre alguien decide qué vemos y qué no vemos a través de esa otra ventana que preside nuestro salón y nuestro ocio; la televisión. Tras cada imagen proyectada en televisión hay una intención. Y la intención es, habitualmente, manipularnos.

La publicidad sería el caso más evidente. Estimula nuestros temores para incitarnos a adoptar unos modelos ideales e irreales. Esto, que en principio parece tan claro que nos permite protegernos, quizá no lo sea tanto. El otro día escuché esta frase: “lo suyo es tener una berlina y un todoterreno”.
¿Qué significa lo suyo? Lo normal. Porque la normalidad nunca es nuestra, sino algo compartido. O incluso, más que "lo compartido", es un molde externo al que debemos adaptarnos. Algo que emana del exterior, del imaginario común.
En cuanto a lo de berlina, tuve que preguntarle a mi mujer lo que era. Tras conocer que era un tipo de coche familiar, comprendí que ese pobre hombre era víctima de la publicidad. Tener dos coches imponentes no es lo normal. Confundía imagen y realidad.

La publicidad funciona por desgaste, deslizándose poco a poco hacia nuestro subconsciente, filtrándose lentamente en el imaginario colectivo, hasta que somos incapaces de discernir qué es lo suyo, es decir, qué es el modelo impuesto desde fuera, y qué es lo nuestro, lo que nos pertenece, lo que emana de nosotros.
Otro caso más insidioso, por menos evidente, es el de la imagen presentada como realidad neutra. Es decir, lo que vemos en los documentales y telediarios. Para discernir el asunto conviene analizar qué vemos cuando vemos, por ejemplo, una guerra. En el caso de la Primera Guerra del Golfo creíamos ver una guerra cuando sólo veíamos luces de colores surcando el cielo. En el caso de la Segunda Guerra del Golfo, vemos amasijos de hierro retorcidos y manchas de sangre, pero nunca, jamás, cadáveres de soldados norteamericanos. Es decir, alguien decide, a través de lo que se dice y lo que se omite, qué imagen debemos tener de esta guerra concreta. Y sin embargo, esta censura, que tan bien funciona en todos los aspectos, no ha impedido que lleguen hasta nuestros televisores imágenes de las torturas infringidas a los presos de Abu Ghraib. Aparentemente se nos presentan como imágenes en cierto modo clandestinas, que presentan actos de tal bajeza moral que, lógicamente, han logrado traspasar la censura. Y sin embargo, la autora nos alerta al respecto:

“las fotos de la cárcel de Abu Ghraib se hicieron con el objetivo (oculto a la opinión pública) de explicar a los guerrilleros iraquíes qué es lo que les podía ocurrir si acaban siendo capturados por el ejército norteamericano. Estas imágenes, que en conjunto configuran el resultado visual de las humillaciones más dolorosas que se le pueden infligir a un varón musulmán (recordemos que muchas de las torturadoras eran mujeres) son la única arma con la que luchar contra un ejército que no tiene miedo a morir, pero sí a ser torturado”.

Lícitamente, podríamos llegar a preguntarnos si de verdad han escapado a la censura o se trata, de nuevo, de una filtración intencionada. Lo importante es que, como lectores de imágenes, nos formulemos preguntas.

La palabra no es la verdad y la imagen no es la realidad. Ambas pueden mentir y pueden servir a intereses. La televisión no es una ventana a la realidad. Es obvio, pero llegamos a olvidarlo. La televisión es una sucesión de imágenes producidas por el ser humano, y tras cada una de ellas hay una intención, declarada o no. Es imprescindible que ante su aplastante despliegue desarrollemos nuestra capacidad crítica. El ser humano actúa partiendo de lo que sabe, pero ¿y si sólo cree saber? Cuando nuestro imaginario colectivo proviene de la televisión son otros los que deciden qué debemos saber y qué debemos ignorar. Y eso implica que también deciden qué pensamos y cómo actuaremos.

El único modo de que “lo suyo” se convierta en “lo mío” es dejar de sujetos pasivos y acríticos.

 

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