Decadencia y caía del Imperio Romano (de Occidente)

Por qué: el estrepitoso derrumbe de ese gigante que es el Imperio Romano sigue impactándonos de un modo tan indefinible, oscuro y potente que casi parece relacionarse con nuestro subconsciente, aunque sea el subconsciente colectivo.

Además, esa decadencia y extinción parece funcionar como correlato de nuestra propia encrucijada contemporánea. Desde la segunda mitad del siglo XX la civilización occidental, por no decir el mundo, parece tener los pies al borde de un abismo. Dos guerras mundiales, la amenaza atómica y, hoy, la destrucción de nuestro entorno, con cambio climático incluido, parecen situarnos en un concreto punto de no retorno donde la viga maestra ha crujido y el edificio entero se tambalea.

Y a poco que se conozca la antigüedad tardía, resuenan en nosotros sus ecos: la aparición del fanatismo religioso; la lenta disolución del poder centralizado y el fin de la cosa pública, que acaba esfumándose en el interés privado; la tendencia de la multitud desposeída a matarse por los colores de un equipo, pero incapaz de unirse para reclamar sus derechos.

Citaré muchas obras, pero voy a centrarme en tres ensayos actuales, cada uno de ellos complementario de los otros;

La pavorosa revolución, de F. W. Walbank (Alianza Universidad, 1978) es el más breve y el más antiguo, pero explica, con pavorosa concreción, el por qué.

La caída del imperio romano, de Peter Heather (editorial Crítica, 2005) es el más extenso, y detalla minuciosamente, casi año a año y con ayuda de los últimos hallazgos arqueológicos, el cómo.

La caída de Roma y el fin de la civilización, de Bryan Ward Perkins, (editorial Espasa, 2005) que ofrece un retrato políticamente incorrecto, y también basado en gran medida en la arqueología, del qué.

 

 

Cuando hablamos de Imperio Romano lo que suele acudir a nuestra mente, llenándola de gladiadores, legiones y monumentos, es una época parcial del imperio: a grandes rasgos, la que va de César hasta Marco Aurelio.

Pero lo que cae cuando cae el imperio es ya otro mundo, muy alejado de ese clasicismo de peplum. De hecho, dadas sus especiales características, se ha acordado entre los historiadores dar a ese periodo su propia denominación: Antigüedad Tardía.

Las fuentes de la época que nos han llegado son escasas, y para determinados momentos, prácticamente inexistentes, debido a la destrucción generalizada que sigue al colapso del Imperio. Por si fuera poco, conviene adentrarse con pies de plomo en las crónicas que han sobrevivido, porque están marcadas por una fuerte carga ideológica. Todos los textos, por supuesto, son parciales. Los de ahora, también. Aunque intenten presentarse como objetivos, están escritos desde una determinada mentalidad; la del autor. Inevitablemente. Y la Antigüedad Tardía, por supuesto, tiene su propio velo.

Las fuentes del periodo inmediatamente anterior repetían machaconamente “todo tiempo pasado fue mejor”. Contenían el ideario de una oligarquía radicalmente conservadora que añoraba virtudes añejas, incluyendo la idealización de un republicanismo cuya inoperancia concluyó en varios baños de sangre. No disponemos de otra visión de lo acontecido, porque sólo esa oligarquía sabía escribir y leer, o mostraba interés por hacerlo. Y de ella proviene cierta imagen de ascéticos aristócratas rellenos de virtudes que comen acelgas mientras expanden la civilización entre los salvajes, y que tan cara ha sido a la civilización occidental durante sus expansiones coloniales. Visión, por cierto, que parecen querer calcar ciertos ademanes estadounidenses (hay un magnífico ensayo que compara ambas dialécticas, “La lengua del imperio, la retórica del imperialismo en Roma y la globalización”, de Juan Luis Conde, editorial Alcalá).

En la antigüedad tardía, la mentalidad ha cambiado. Los prejuicios ahora son religiosos, hasta el extremo de que a menudo tenemos que deducir hechos partiendo de simples menciones contenidas en aparentes crónicas que son, en realidad, combates retóricos entre cristianos y paganos.

Para hacernos una idea de la dificultad de interpretar las fuentes de la Antigüedad Tardía, mencionaré que todos los años se reúne en Alemania un grupo de expertos que todavía están tratando de decidir si la Historia Augusta, fuente fundamental del período de anarquía previo a la decadencia, es realmente una historia o sólo una especie de novela fantástica.

Edward Gibbon, en su inmensa “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano” achaca precisamente a la aparición de esta nueva mentalidad religiosa, es decir, al cristianismo, la razón de todos los males. Resumiéndolo mucho, y simplificándolo un poco, argumenta que un imperio sostenido por la espada se hunde cuando los cristianos no quieren condenar su alma empuñando una espada.

Arther Ferrill, en La caída del imperio romano (editorial Edaf, 1986) sustrae al cristianismo de la ecuación, pero también señala a causas fundamentalmente militares que acaban provocando el derrumbe.

Reduciéndolo mucho, a veces los historiadores se dividen en dos posturas: asesinato o muerte natural. Un imperio sano que cae ante el asalto abrumador de los bárbaros, o un imperio agonizante que fenece del único modo en que puede hacerlo, bajo la espada del saqueador.

Como menciona Walbank en “La pavorosa revolución”, la causa y el efecto se anudan de tal modo que es imposible saber cuál es el principio y cuál el final de esa cuerda. Desde Gibbon, pionero investigador de esta intriga, se han escrito miles de ensayos que señalan miles de culpables, desde lo etéreo hasta lo palpable, incluyendo las tuberías de plomo, cuyo uso generalizado habría envenado lentamente a la oligarquía senatorial.

En sistemas complejos, aislar una gran verdad que todo lo explique con la elegancia de una fórmula matemática es, probablemente, imposible. Tiene que ver con la mariposa que mueve las alas en Tokio y provoca una tormenta en Toronto. Como decían los romanos, la balanza de la fortuna. La historia es proceso, y lo que parece irreversible es sólo una forma de lo retrospectivo. Conocemos el final de la película, que hay un cadáver; y tratamos de identificar a un único culpable. Y lo hacemos, también nosotros, desde nuestra propia mentalidad; aplicándola, además, a un puzzle del que ni siquiera tenemos todas las piezas. Probablemente no haya forma de reducir el hecho a una frase.

Walbank, rompiendo el tópico, nos indica que ya antes de la decadencia oficial hay importantes desajustes estructurales, traducidos como graves problemas económicos. Y se manifiestan ya en los felices tiempos de los Antoninos, cuando Adriano, ante un imperio hipertrofiado, se ve obligado a abandonar algunas provincias mesopotámicas recientemente conquistadas por Trajano, y a destacar en las ciudades todopoderosos recaudadores de impuestos. Será esta presión fiscal, que se va incrementando con los siguientes emperadores, lo que acabe despoblando las ciudades. Y el Imperio Romano se articula, expande, respira y es, en torno a la ciudad.

Como desgrana George Duby en su “Historia de la vida privada, (volumen 1, imperio romano y antigüedad tardía”, editorial Taurus), la sociedad romana es una forma de infierno. En la cima está una oligarquía terrateniente, ultraconservadora, que ejerce su poder a través del senado y la cercanía al emperador. Constituyen alrededor del 1% de la población y acumulan el 90% de la tierra. Su lema es “que nada cambie”. Le sigue una reducida clase de grandes comerciantes con el rango de caballeros (se denominan así ya que en tiempos republicanos formaban la caballería de la legión, siempre reducida, ya que sólo los más ricos podían procurarse un caballo para la batalla).

El resto de la población, es decir, el 95% del total, apenas son personas. No tienen lugar, clase ni dignidad. En las ciudades habita una masa libre, pero desempleada, que vive de la munificencia del emperador y del hurto, porque los únicos empleos disponibles son ocupados por los libertos, antiguos esclavos que abren pequeños negocios con dinero del amo, y que reparten con él los beneficios. Los latifundios son trabajados por esclavos. El imperio romano se sustenta en una economía agrícola, con el estrecho margen que admite un modelo de agricultura que hoy consideraríamos subdesarrollada, es decir, que se sitúa al borde de la mera subsistencia. Cuando pensamos en el mundo romano debemos pensar en cosechas y trigo. Y en que cualquier cantidad de ciudadanos improductivos, incluyendo gran número de soldados, constituyen una pesada carga que tensa peligrosamente los escasos excedentes.

De modo que en el imperio coexisten tres grandes fuerzas con intereses enfrentados: la masa popular, que se expresa en el circo, la oligarquía, de cuyo seno suele proceder el emperador, y el ejército, que para hacerse valer recurre cada vez con mayor insistencia al golpe de estado.

En lo alto de esta pirámide infernal se sitúa el emperador, cuyo poder nominal es enorme, pero que, en la práctica, poco puede hacer. Basta pensar en los malabarismos que tiene que afrontar para satisfacer los intereses opuestos de esos tres poderes, y en que la promulgación de una ley tarda tres meses en cruzar el imperio. Por no mencionar el despliegue de energía necesario para hacerla efectiva. No podemos saberlo con absoluta seguridad, pero los historiadores intuyen que, ya hacia el final del imperio, algunas de esas leyes difícilmente llegaban a ejecutarse.

Así que, incluso en el esplendor de su gloria, el imperio es un ente gigantesco hasta lo ingobernable, dominado por una minoría que aborta cualquier posibilidad de cambio, habitado por una masa descreída que subsiste en el sálvese quien pueda, y amenazada por un ejército que debería proteger sus fronteras, pero que cada vez más a menudo marcha contra la capital en busca de su porción del pastel. Quizá haya que buscar la explicación de por qué el imperio romano no cae antes. Y tal vez no cae porque, en opinión de sus habitantes, cualquier ley, por mala que sea, es preferible a la anarquía.

Aunque la construcción del imperio romano es la historia de una rapiña impuesta por la brutalidad de las armas, Walbank apunta, en La pavorosa revolución, que esa conquista propicia una expansión de mercados. Italia se convierte en importadora absoluta, y el resto de provincias, gozando de la apertura de mercados que propicia la pax romana y su red viaria, se desarrollan rápidamente para satisfacer esa demanda pantagruélica. Recuerda a la actual globalización, con naciones en desarrollo creciendo de forma vertiginosa tras convertirse en las fábricas del primer mundo. Y, como en la actualidad, esa globalización pronto topa con sus límites. Italia, con sus medios de producción desmantelados, se convierte en un parásito. Sigue demandando, pero no tiene nada que ofrecer a cambio de lo que recibe.

Walbank indica que una segunda ampliación del imperio habría supuesto también una nueva expansión del mercado, prolongando el ciclo.

Pero, y aquí tenemos el problema de peso, el imperio romano es una economía esclavista, de modo que la tecnología está completamente estancada. Hay científicos en el imperio romano, o lo que podríamos denominar científicos aplicando un anacronismo, pero sus descubrimientos se quedan en el laboratorio. Como en todas las economías esclavistas, la fuerza humana es tan barata que es imposible implantar nuevas técnicas. No se invierte en investigación, y menos aún se incurre en el coste que supone aplicar esos descubrimientos. A lo que se suma la mentalidad retrógrada de quienes tienen que adoptarlos, esos rancios terratenientes. De hecho, se producen más innovaciones técnicas durante la edad media, con la generalización de los molinos de agua y el diseño de ciertos tipos de arado, que durante los quinientos años de apogeo imperial.

Como diría un Catón cualquiera, aquí se cultiva como Júpiter manda, es decir, como cultivaba mi tatarabuelo. Y punto.

La economía romana llega hasta donde llega la fuerza del esclavo. Ni un paso más allá. Y esa fuerza apenas es suficiente para sostener la enorme maquinaria estatal. Articulado por medio de unas ciudades que poco a poco empiezan a ser abandonadas en favor del campo debido a la presión fiscal, ese segundo asalto que abriría nuevos mercados para el imperio no puede producirse. El coste militar es demasiado elevado, nuevos reclutas suponen nuevos impuestos, y la extensión a cubrir es ya inabarcable, teniendo en cuenta que el medio de transporte más rápido con que se cuenta es el caballo. De hecho, como vimos por la actuación de Adriano, el imperio sólo podía contraerse para evitar resquebrajarse.

Así que estamos ante un imperio que por muchos siglos que pasen no mejora, ni mejorará, la velocidad de sus comunicaciones; que para sostenerse depende del mínimo excedente que proporciona una agricultura básica; y que cobija en su seno un infierno social.

Los romanos han hecho lo que sabían hacer, conquistar. Pero cuando la capacidad de conquista llega a su límite, no afrontan los nuevos retos que se les plantean. No los afrontan porque, debido a su propia dinámica interna y a su mentalidad fosilizada, no pueden hacerlo. El imperio es ya desde su época dorada una inmensidad oceánica con riesgo de implosión.

Tanto el mercado italiano como el de las provincias que le rodean colapsan al mismo tiempo. Italia sigue queriendo lujos, pero no puede pagarlos. La Galia puede fabricar, pero no tiene quién compre. No hay algo que podamos denominar clase media, ni algo a lo que podamos denominar sociedad de consumo.

La crisis aparece ya en el siglo III. Como recoge la Historia Augusta, se produce una anarquía generalizada. La oligarquía y el ejército se alternan para poner y deponer emperadores, surgen usurpadores por doquier, y provincias enteras, como la Galia, se desgajan del poder central.

Asombra que el imperio pudiera sobrevivir a semejante incendio. Los historiadores sólo pueden explicarlo señalando una férrea voluntad de continuación por parte de la ciudadanía romana. De alguna manera, la paz romana, las vías, el derecho, las termas y las ciudades que las contienen, en definitiva, una ley, aunque sea mala, les resulta preferible al caos.

Esta voluntad de resistencia cristaliza en Diocleciano. Demasiado tarde para la teoría, Diocleciano intenta parchear el imperio en la práctica. Pero en cuanto su figura desaparece, la anarquía amenaza con volver.

Es entonces, tras la constatación de que ni siquiera las medidas desesperadas son ya viables, cuando aparece Constantino, y con él, un cambio de mentalidad radical; el cristianismo.

Al que recordemos que Gibbon achacaba todos los males del imperio.

El problema de esta nueva mentalidad absolutamente revolucionaria es que, como todas las revoluciones victoriosas, descubre que el ideal y el poder son incompatibles. Sin duda, el cristianismo es la solución, ya que puede acabar con el esclavismo. Y al acabar con el esclavismo, podría haber abierto una nueva vía; a una paz social, a una clase media, al descubrimiento y aplicación de nuevas tecnologías. Quizá habrían concurrido las circunstancias propicias para alcanzar una revolución industrial en fechas tan tempranas como la alta edad media (los historiadores suelen aborrecer este tipo de especulaciones, pero ahí queda, porque es probable).

Esta nueva mentalidad, la cristiana, florece y se asienta, incluso en el trono, y pervivirá mil años. Pero, en la práctica, llega a un acuerdo con lo existente que aborta la posibilidad del cambio necesario. Aplaza su revolución al otro mundo a cambio de obtener el poder en éste. Y, con San Agustín y su Ciudad de Dios, la revolución se convierte en un asunto puramente celestial. La suerte, por tanto, está echada.

Como señala Peter Heather en La caída del imperio romano, las pruebas arqueológicas indican que los germanos que hay ahora al otro lado de las fronteras ya no son unos pocos cazadores-recolectores desperdigados en el interior de sus densos bosques. Han aprendido mucho en su largo contacto con los romanos. Ahora practican la agricultura, lo que, según los indicios arqueológicos, provoca una explosión demográfica. Ahora los germanos son numerosos, están bien organizados y tienen hambre. Y el imperio ya no goza de una clara ventaja militar frente a ellos.

Por otra parte, el proceso de despoblamiento de las ciudades romanas se ha hecho irreversible. Las ciudades quedan desiertas, por lo que el poder central se desvanece lentamente, y la población se reúne en torno a villas, donde los terratenientes ejercen un dominio absoluto que ya prefigura el feudalismo.

Así que basta un movimiento al otro lado de las fronteras, como el que supone la irrupción de los hunos, para que los muros de un imperio arruinado se desmoronen.

El imperio de Oriente subsiste, aunque esto nos cuesta recordarlo porque, hoy por hoy, carece de herederos que reclamen su equipaje mental y cultural. Ya Constantino, al dividir el imperio, indica que hay una diferencia sustancial entre ambas partes. Oriente es más rico, está más poblado, y su cultura urbana es más antigua y más robusta. Cuando llega la marea, Oriente tiene la posibilidad de desviarla de sus fronteras a golpe de talonario. Y la desvía hacia Occidente. Oriente sigue considerándose a sí mismo el Imperio Romano, y lo es. Incluso, con Justiniano, consigue recobrar la mayor parte de sus miembros cortados, aunque acabe desmoronándose por el esfuerzo.

Peter Heather, en La caída del Imperio Romano, retrata con detalle cómo la mitad occidental sucumbe y sus habitantes se adaptan a los nuevos tiempos. George Duby, en el segundo volumen de su Historia de la vida privada, dibuja cómo la mentalidad de los invasores pugna con la de los invadidos, y acaba generarando algo nuevo. Quizá no mucho mejor que la anterior, pero distinto.

El efecto dramático de las invasiones nos lo explica Bryan Ward-Perkins en su libro “La caída de Roma y el fin de la civilización”. Como comenta Bryan Ward-Perkins, ciertas corrientes históricas, de origen fundamentalmente anglosajón, tienden a suavizar el impacto de esas invasiones acometidas por tribus de origen que, fundamentalmente, se considera anglosajón. Alejándose de las definiciones en boga de proceso y transición, Bryan Ward-Perkins se apoya en los hallazgos arqueológicos para hablarnos de un corte abrupto. De un largo periodo de saqueo, masacre y anarquía en que la civilización romana se extingue de forma tajante. Los pocos restos que quedan nos hablan, efectivamente, de un empobrecimiento generalizado. El comercio desaparece y se retrocede a los límites de la mera subsistencia, cuando no de la inanición. En grandes regiones, la miseria material parece propia de la prehistoria.

Tras varios siglos de aludes sucesivos en los que unos invasores son reemplazados por otros aún más salvajes, lo que emerge en Europa, cuando por fin puede emerger algo, es una sociedad nueva; la feudal. En su favor hay que decir que, al menos, acaba con el esclavismo aunque sea de forma involuntaria. En la sociedad feudal hay siervos a los que casi cabe definir como esclavos, pero la esclavitud no es ni un hecho generalizado, ni la base a partir del cual se modela la sociedad entera. Por minúscula que sea esa diferencia, basta para permitir que la Edad Media no conduzca a otro colapso, sino a nosotros.

Un último apunte: a poco que uno se fije, podrá darse cuenta de que también nuestros textos actuales están teñidos por nuestro modo de mirar: oferta y demanda, mercado, clase media, tecnología, globalización, sociedad de consumo... quizá nuestras interpretaciones digan más acerca de nosotros mismos que acerca del pasado que pretendemos interpretar. Pero la verdad, si es que existe, es una suma de miradas.

 

 

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