El largo adiós, de Raymond Chandler

Por qué: Ya he leído El sueño eterno y La dama del lago y conozco de sobra a Philip Marlow, el detective magistralmente encarnado por Humphrey Bogart. Pero tengo un amigo cinéfilo que me dijo, léelo, es la mejor obra de Chandler, Philip Marlow aparece más hastiado, cansado y cortante que nunca, y más viejo. Creo que lo que me decidió fue la palabra viejo: como hizo Dumas con sus mosqueteros poniéndoles veinte años encima, me fascina ver cómo se transforman con la edad esos personajes tan sugestivos como inamovibles. ¿Un Marlow crepuscular? Eso no me lo pierdo.
Me quería prestar el libro, pero por el modo en que lo tocaba me di cuenta de que era el tesoro más preciado de su colección, independientemente de su precio. Así que no lo acepté.

Durante el rodaje de El sueño eterno, el director, Howard Hawks, llamó a Chandler para preguntarle por un chófer cuyo asesinato no se resolvía en el libro. Chandler le contestó que tampoco él sabía quién lo había matado, y además no importaba.
Para Chandler, la trama es secundaria y, por si fuera poco, el lector en ningún momento tiene ante sus ojos la clave para resolverla, lo que en otras circunstancias sería tramposo. Pero estamos ante una novela de personaje. Lo que importa aquí es la voz de Marlow. Lo malo es que la única diferencia entre Marlow, Homer Simpson y el Oso Yogui es una relativa complejidad moral. Por lo demás, el personaje es un tópico, una estatua. Se mantiene idéntico a sí mismo, y en esta última entrega no sabemos más de él de lo que ya sabíamos.
De hecho, la importancia del personaje llega a tal extremo en estos casos que parecen caminar por un mundo hecho a su medida, en lugar de adaptarse a él. Lo construye con sus pasos, y la trama se rinde a sus pies. Hay un suicidio que no es lo que parece, una rubia peligrosa, bares llenos de humo y poderosos de diverso pelaje que quieren echar tierra sobre todos los asuntos turbios que aparezcan, hayan aparecido, o sospechen siquiera que puedan aparecer. Hay que mencionar que Chandler es poco sutil retratando personajes femeninos. Oscilan entre lo victoriano y lo pérfido, tienden a rendirse sin motivo aparente ante los supuestos encantos de Marlow y son, en definitiva y sin excepción, poco verosímiles. Cuando Marlow dice que las mujeres son un misterio, el que está hablando es Chandler. Por lo menos para él, parecen serlo.

A Marlow, como a Sherlock Holmes, no le sucede nada que no sea previsible y, sobretodo, que le obligue a buscar nuevas perspectivas. ¿Y si Marlow acepta un soborno, se arruga ante una amenaza, decide casarse y tener hijos? ¿Qué habría pasado en el interior de Sherlock si el sabueso de los Baskerville hubiera sido realmente una entidad sobrenatural ante la cual su sistema analítico-deductivo, tan científico, hubiera resultado inútil? Pasaría que el sabueso de los Baskerville no sería una aventura más de Holmes, sino una fuente de conocimiento, y quizá de sentido. Como el sabueso es en realidad un sabueso lo que pasa es nada.

Estamos ante el Marlow de siempre, quizá un poco más ácido, más lúcido, más agotado, pero fundamentalmente idéntico. Uno de los méritos de Chandler es hacerle desenvolverse en un mundo de grises, donde el bien y el mal se difuminan, y donde da la impresión de que los delincuentes podrían ser policías, los ricos, pobres, y los asesinados, asesinos. Como en el juego de policías y ladrones, la sociedad reparte papeles y cada cuál los interpreta como puede. En ocasiones mantienen un sentido de la honradez a veces peculiar, pero al que los personajes se agarran como último rescoldo de su verdadera esencia. Eso es lo mejor de la novela. Pero sobre el conjunto se eleva la figura (desproporcionada) de Marlow. Desgraciadamente, Marlow no entra en ese juego de grises tan enriquecedor y sutil porque Chandler lo convierte en un santo. Estamos ante una hagiografía en toda regla. Es un detective que se limpia el culo con el dinero, al que no se le puede tentar con bienes terrenales y que desoye las continuas amenazas con una actitud olímpica. ¿Por qué? porque él es así. Y punto.

Chandler, como en sus anteriores entregas, utiliza a Marlow para ejercer una crítica social, especialmente de las clases altas, muy efectiva. Esa es la línea principal que ha seguido el género negro desde entonces. Marlow tiene su antecedente en la obra de Dashiell Hammet, y la figura del detective duro ha seguido proyectándose a lo largo del tiempo hasta la parodia y más allá, si es que lo hay (hasta el aburrimiento, diría yo).

De todas formas, me atrevo a recomendarlo. Y lo recomiendo porque da poco, pero tampoco pide. Es una lectura entretenida, ingeniosa, y sus diálogos son extraordinariamente vívidos (más que leerlos, oímos la voz de los personajes). Hay frases verdaderamente memorables. Podría haber llegado más lejos, o más alto, o mejor, pero Chandler llegó a un acuerdo fatal con su personaje: yo te dejo tal cual te creé, y tú me pagas las facturas. Veo a Chandler reflejado en un personaje de la novela, un escritor de folletines pseudohistóricos que gana mucho dinero con algo que sabe deleznable:

"-¿Sabe una cosa? Soy un mentiroso. Mis héroes miden más de dos metros y mis heroínas tienen callos en el culo de estar tumbadas en la cama con las rodillas en alto. Encajes y volantes, espadas y diligencias, refinamiento y ocio, duelos y muertes gallardas. Todo mentira. Usaban perfumes en vez de jabón, los dientes se les pudrían por falta de limpieza, las uñas de los dedos les olían a salsa rancia. Debería contarlo así.
- ¿Y por qué no lo hace?, dice Marlow.
- Claro... y vivir en un piso de cinco habitaciones en Compton... si es que tenía suerte. "

El propio Marlow transmite tan poca coherencia que se pregunta una y otra vez (y también el lector) por qué se dedica a lo que se dedica, viviendo en un piso mugriento, acudiendo cada mañana a una oficina cochambrosa, sin amantes, sin amigos, sin siquiera un perro que le haga compañía, esperando que alguien entre por la puerta para ofrecerle algún trabajo mal pagado que le lleve a las cloacas de la ciudad, donde algún día, tarde o temprano, recibirá un tiro en un callejón inmundo. No hay respuesta. Ni siquiera él mismo la tiene. Pero menciona:

“otra parte de mí quería marcharse para no regresar nunca, pero ésa era la parte de la que nunca hago caso. Porque de lo contrario me habría quedado en el pueblo donde nací, habría trabajado en la ferretería, me habría casado con la hija del dueño, habría tenido cinco hijos, les habría leído historietas del suplemento dominical del periódico, les habría dado capones cuando sacaran los pies del tiesto y me habría peleado con mi mujer...quizá, incluso, habría llegado a rico, rico de pueblo, con una casa de ocho habitaciones, dos coches en el garaje, pollo los domingos, la mujer con una permanente de hierro colado y yo con un cerebro como un saco de cemento de Pórtland”.

Para no desearlo, es un cuadro muy detallado. Marlow da unos indicios pasmosos de desear estar vivo. Pero lo que Chandler omite es que si Marlow hubiera escogido ese modo de vida, sería un personaje de Faulkner, y los personajes de Faulkner no pagan facturas.

Podría ser más benevolente con la obra, sí, pero ¿para qué? Chandler no va a leer la crítica. Espero, eso sí, que mi amigo cinéfilo no me persiga para hacerme picadillo.

 

 

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