La Biblia es como el Premio Planeta: se vende a paletadas (es el libro más vendido del mundo, quince millones de ejemplares al año) pero luego nadie lo lee. La gente la compra y la pone en la estantería, supongo. No sé qué sentido tiene ni a qué purgatorio van a parar los libros que no se leen. Es como comprar un pastel y no comérselo. Una vez me fui a una tienda de muebles a comprar una librería y me enseñaron una alacena. Le dije “¿Es usted tan ignorante como parece o lo que pretende es timarme?”. Y me explicó, “en esta balda puede poner usted lo que quiera, aunque sea libros”. Del mismo modo, hay gente que va a las librerías y lo que compra son las tapas. Yo animaría a las luminarias de ciertas editoriales a sacar a la venta lujosos volúmenes con tapas de piel y páginas en blanco, ahorrándose dinero en imprenta y dejando en paz a la literatura, que no les ha hecho ningún daño. Y este apunte es importante: hay muchas guías para entender el Nuevo Testamento, pero escritas, generalmente, por creyentes, que son los que se dejan la piel en el empeño, por razones obvias. Antonio Piñero se confiesa no creyente, y yo, el crítico de esta obra, me confieso agnóstico. Es decir, que ni creo ni dejo de creer. Y entre esos dos baremos vamos a movernos, de modo que si el lector considera que este punto de vista puede herir su sensibilidad, que se quede con la fe, renuncie a la verdad y se apee aquí. Hay libros que exigen, para una lectura adecuada, unos conocimientos previos. Desgraciadamente, es así, y el Nuevo Testamento requiere de una abundante introducción. Hay que entender su contexto, la época y la mentalidad en que fueron redactados, su intención última, las modificaciones que han sufrido a lo largo del tiempo, incluso las intromisiones en el texto original de algunos copistas. El acercamiento crítico al Nuevo Testamento comenzó hace 300 años, en el siglo XVIII, y desde entonces una legión de eruditos de varias disciplinas han consumido sus vidas examinando el texto hasta el último detalle, cribándolo hasta la última brizna. Sí quiero hacer un apunte respecto a los evangelios, puramente literario. Cuando los leí quedé pasmado, especialmente con el evangelio de Marcos, el primero que fue redactado. La sensación que tuve fue que el escritor era o un tipo increíblemente torpe o un genio. La sensación que tuve es que en la Judea del siglo I había sucedido algo, y era algo tan poderoso que excedía la capacidad del propio escritor, es decir, de aquel que pretende contarnos lo sucedido. No es un texto dogmático, como cabría suponer. Ni siquiera es convincente. El autor parece, sencillamente, sobrepasado por los acontecimientos. Al respecto, mencionar cómo describe la resurrección: “Pasado ya el sábado, María Magdalena y María, la madre de Santiago, y Salomé compraron sustancias aromáticas para ir a ungirlo (...) y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven, sentado en la parte derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron pasmadas. Pero él les dice: “Dejad vuestro espanto. Buscáis a Jesús, el Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí: éste es el lugar donde lo pusieron. Pero id a decir a sus discípulos, y a Pedro, que él irá antes que vosotros a Galilea: allí lo veréis, conforme os lo dijo él.” Ellas salieron huyendo del sepulcro, porque estaban sobrecogidas de temor y espanto. Y nada dijeron a nadie, porque tenían mucho miedo.” Y aquí acaba el evangelio. Las “varias apariciones de Jesús” que se relatan a continuación son un añadido posterior. El autor original, al que denominamos Marcos, pero que no sabemos quién es, salvo que es un genio o un torpe, no considera necesario mencionarlas, es decir, renuncia a tratar siquiera de convencernos de que esas apariciones sobrenaturales tuvieron lugar. No hay ángeles ni luces blancas ni efectos sobrenaturales. Sólo un individuo anónimo con una túnica blanca. Y por otra parte, el “temor y espanto” de las mujeres ante la resurrección es una reacción muy extraña, y muy distante del júbilo y gozo que cabría esperar. ¿Jesús inspirando terror a su propia madre? ¿Qué clase de escritor ensalza la resurrección de su maestro usando la palabra “espanto”? Como explica Piñero, la resurrección no es un elemento que puedan tener en cuenta los historiadores, es un asunto de fe. Por eso nos previene, declarándose no creyente. En este sentido, todo historiador debe ser no creyente. Y hay una razón por la que yo me aproximo al texto desde un punto de vista literario, y me declaro agnóstico. Si retiro del texto los milagros, la resurrección, los dogmas de fe, el judaísmo, el helenismo y las corrientes mesiánicas de la época, todavía me queda algo que no puedo digerir.
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Javier Arriero Si quieres insertar un comentario, envíamelo Principiantes (de qué hablamos cuando hablamos de amor), de Raymond Carver El sindicato de la policía yiddish, de Michael Chabon Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores, de Douwe Draaisma Decadencia y caída del Imperio Romano Custer, la masacre del séptimo de caballería, de Evans S. Connell Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero, de Marc Ferro Guía para entender el Nuevo Testamento, de Antonio Piñero La invención de Irlanda, de Declan Kiberd La vida que se cumplió, de Carlos del Pozo |
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