En el arte en general, y en la literatura en particular, hay una norma tácita que dice que si tienes algo que merece la pena contar, cuéntalo. Y con ese único acto habrás justificado toda la obra. Ese es el caso de la vida que se cumplió, una novela de corte autobiográfico (lo que no quiere decir que sea estrictamente una autobiografía) en la que el narrador (que no es necesariamente el autor) cuenta lo que tiene que contar. Y lo hace con una sencillez absoluta. Pero no necesita más, porque con eso que cuenta, y que atañe al lector, se justifica a sí misma. Y para ilustrar este hecho me veo obligado a contar parte de su trama: Berni y Andrés son amigos. Berni no es inteligente, pero es gallardo, y aspira a ser portero de fútbol. Probablemente le guste ser portero, pero es también un medio de obtener fama y riqueza, de escapar de un futuro desesperanzado en una ciudad de provincias, donde el horizonte más probable es convertirse en albañil, como su padre. Un lustro después, las vidas paralelas de Berni y Andrés vuelven a cruzarse en un momento decisivo. Esta parte puedo omitirla en favor del misterio. Pero el resultado es el mismo en ambos casos: han llegado a la vida que deseaban sólo para comprobar que no merecía la pena. Berni, denostado, arruinado, al borde de la cárcel. En cuanto a Andrés, el panorama es aún más desolador. Descubre que ha sacrificado su juventud por un trabajo fijo, y que el precio era demasiado alto. Que ese tiempo perdido nadie podrá devolvérselo. Su único deseo es alimentarse del presente. Adquiere una vida prefabricada que incluye esposa, hijos y algunas aficiones plenamente insatisfactorias. Ha cumplido a la perfección los objetivos marcados por su familia sólo para comprobar que “a los farragosos artículos de la ley hipotecaria no hay quien les saque una rima decente”. Su vida está reducida a una practicidad carente de poesía y, sobretodo, de sentido. Sin alardes, la novela traza un retrato desolador del callejón al que conducen los deseos cumplidos. Y es que, a menudo, el cumplimiento de un deseo supone el incumplimiento de una vida. He de mencionar que me leí la novela de una sentada, y acabé a las dos de la mañana con los ojos como platos, con la acongojante sensación de que me habían contado al oído algo que debía saber. Entretener es algo que pude hacer cualquiera, pero amigo, el desasosiego sólo lo logran los mejores.
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Javier Arriero Si quieres insertar un comentario, envíamelo Custer, la masacre del séptimo de caballería, de Evans S. Connell Cómo se cuenta la historia a los niños del mundo entero, de Marc Ferro Guía para entender el Nuevo Testamento, de Antonio Piñero La invención de Irlanda, de Declan Kiberd La vida que se cumplió, de Carlos del Pozo |
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