¡Numancia!

 

Hay que ir a Soria. No sé por qué la gente no va más a Soria. Sólo por contemplar el paisaje merece la pena, como sabía Machado. Es al mismo tiempo íntimo, poderoso y desolado. Quebrado, boscoso y vacío. Por si no bastara, alberga en su interior ¡Numancia!

Debo decir que Soria no parece España porque,

1, los museos son gratis,

2, están maravillosamente organizados y cuidados,

3, cuentan con guías humanos que te explican su contenido perfectamente, aunque el grupo sea de cuatro personas, como fue mi caso. Además, nuestro guía era capaz de contestar sin un pestañeo preguntas tan insidiosas y retorcidas como ¿las fíbulas anulares encontradas en el yacimiento de Numancia proceden del comercio o son fabricadas en la propia Numancia, copiando modelos ibéricos?
El guía, Rubén, sabía de qué le hablaba, para sorpresa de ambos. A punto estuvimos de abrazarnos, como dos gemelos separados al nacer. Las fíbulas anulares halladas en Numancia son un fenómeno de aculturación, por si os queda la duda, aunque sospecho que esto sólo nos interesa a Rubén y a mí. Los dos somos pelirrojos y estamos locos (¿lo dará de sí el pelo? nota en el diario de a bordo: no raparme nunca al cero para evitar la pérdida de los superpoderes. Nota a la nota: intentar ser de verdad pelirrojo. Nota a la nota de la nota: la henna no vale).

 

Hay que visitar Numancia. ¿A quién no se le encogen los testículos cuando oye ¡Numancia!? Es como escuchar a Wagner. Dan unas ganas locas de resistir hasta la muerte, contra lo que sea, lo importante es que aquí yazcas componiendo un heroico escorzo.

 

Y además, urge visitarlo. Ahora te sitúas sobre el lienzo de muralla reconstruida y subes a una máquina del tiempo, porque ves lo mismo que veían los arévacos. El bosque que rodea la cima, el delgado río Duero, trazando un meandro al fondo del valle; y al otro lado, las colinas donde se situaban los campamentos romanos. Arqueología del paisaje, se llama.

Pues esa máquina del tiempo quizá se vaya a la mierda. Ancha es Castilla, pero da lo mismo, porque precisamente ahí, exactamente sobre esas colinas, qué casualidad, pretendían construir una compleja maraña de edificios modernos, y andaba por medio una familia de nobles, así que ya veremos si no se recalifica Numancia. Es como si les dijeran a los italianos que van a recalificar el foro de Roma para levantar edificios de oficinas. Se arma. Aquí no, aquí nunca pasa nada. ¡No quedan celtíberos, cojones!

Eso me recuerda a cuando se decidió restaurar la puerta de Zamora, en Talavera de la Reina, y lo primero que hicieron los obreros fue demoler la puerta en cuestión a hachazos. Un historiador que pasaba por allí se encontró las tablas con policromías mozárabes despedazadas en un contenedor. Y porque el historiador pasó, que si no, todavía las estamos buscando. Bueno, si a alguien le interesara buscarlas.

Así que hay que traer turismo, pero como sigan reconstruyendo en esta línea habrá que traerlo atado.

 

El yacimiento de Numancia, ahora mismo, es ejemplar: está bien conservado, cuenta con visitas guiadas, y a cargo de los mismos arqueólogos que han participado en la excavación, además. Por si fuera poco ¡han reconstruido una casa romana! ¡y una casa celtíbera, en la que se puede entrar! ¡ Y un lienzo de la muralla numantina! ¡Y cerámica, y hasta armas! yo no daba crédito. ¡Se lo toman en serio!

De los celtíberos se puede decir que eran temibles, pero a cambio no eran sofisticados. Vivían en chozas, dormían amontonados en el suelo, los piojos se los comían, y por tanto, tenían unas ganas de morir tremendas. Los arévacos estaban en plena expansión cuando chocaron con la expansión romana. Y los romanos preferían que se murieran los demás. Los arévacos eran bravos hasta el suicidio colectivo, pero da lo mismo, porque si algo son los romanos es tenaces. Aníbal se dio cuenta tarde de que no negocian. ¿Qué aniquilas un ejército? Pues enviamos otro. Y otro. Y otro. Y otro. ¿Que no entramos en Numancia? Pues nos sentamos fuera y esperamos. Tanto tiempo como haga falta. Un año, cinco, diez, cien.

Lo que más me sorprendió es que, al reconstruir los elementos de uso cotidiano, descubrimos que no son como pensábamos. Por ejemplo, ¿a qué huele un celtíbero? pues ya te lo digo yo. Desprende un hedor a choto que te desmayarías al instante. Duermen vestidos, en el suelo, y sólo se mojan cuando llueve.

Y otra cosa que me intrigaba es, conociendo las armas que usaban los celtíberos, ¿cómo se las apañaban con un escudito redondo y una espada que se dobla al primer golpe para cargarse a un legionario romano, que lleva cota de malla y un enorme escudo que le tapa de los pies al cuello?

Reconstrucción de vivienda numantina
Interior de la vivienda

 

Pues cuando agarré la reconstrucción del "escudito" y la espada "que se dobla" comprendí el asunto. El escudito, de madera maciza encastrada en un aro de hierro, pesa en realidad unos siete kilos. Y no es un arma defensiva. Es un arma ofensiva. Su tamaño es reducido porque se emplea para dar hostias como panes, tanto de canto como de frente. El celtíbero no se queda esperando a que el otro le acierte con la espada en el escudo, no. El celtíbero no espera. El celtíbero corre hacia el enemigo gritando BANZAI y le incrusta el escudo en lo alto de la cabeza, así para empezar, de aperitivo.

En cuanto a la espada, que aunque es corta pesa otros tres o cuatro kilos, está asombrosamente equilibrada. Cuando la alzas por encima de la cabeza y la descargas hacia delante, tengas o no tengas fuerza en el brazo, asestas tal golpe con el filo que tajas hasta la cota de malla.

Este armamento se complementa con una lanza de casi dos metros de alto que se sujeta desde muy atrás. Clavando rodilla en tierra y apuntándola hacia delante es un muro; y arrojada a distancia atraviesa hasta el metal. También portaban otra lanza, el soliferrus, fabricada en una sola pieza de hierro. Viéndola parece que debe de pesar una barbaridad, pero resulta ligera como una pluma, y tan bien equilibrada que la puedes propulsarla como de aquí a Australia sin esfuerzo.

No es que me atraigan las armas, como no me atrae el diablo, pero me pasmé ante semejante pericia técnica. Y debo decir que, tras sopesarlas, las batallas de la época, que yo imaginaba como mucho ruido y pocas nueces, debían ser en realidad unas carnicerías espantosas.

Podría contar otras dos mil cosas alucinantes acerca de Numancia y de los celtíberos, porque saberlas las sé, y lo que sé es una mierda comparado con lo que ignoro, pero me las callo para mantener la intriga. Mejor ir en persona que leerlo.

 

Por cierto, era el centenario de la llegada de Machado a Soria y había por la calle gente disfrazada de época ( de la época de 1907, concretamente, porque eso de “de época” es amplio hasta la nulidad).

Vi el olmo y la tumba de Leonor. La tumba de Leonor es como cualquier otra, pero pone Leonor. Y al Olmo ya no le salen brotes ni con las lluvias de Abril. Entiendes que Machado era un genio porque, estando a siete kilómetros de Numancia, escogió un olmo como símbolo de la vieja España. Franco, en cambio, se decantó por Numancia, y ya ves lo que pasó.

Pero por lo que Soria parece algo sacado de otra época, y desde luego deja claro que no es España, es porque no hay merchandising. Nada. Cero. Ni un recuerdo. Ni una camiseta. Quería comprarme una de esas tubas de cerámica que usaban los celtíberos para anunciar la guerra y que produce unos graves impresionantes (el arqueólogo la sopló y nos dejó apabullados, vibrabas hasta la planta de los pies). Pensaba usar la tuba para advertir a Caléndula de que tengo ganas de guerra, tal como berrean los ciervos, pero me fue imposible. No las fabrican. También se me ocurrió que me compraría un muñeco de Machado que cuanto le tiraras de la cuerda recitara con voz de pito “al olmo viejo hendido por el rayo”, al tiempo que alzaba el sombrero, cosa que me parecía fantásticamente blasfema. Pero tampoco. Todo el campo del merchandising está allí por explotar.

Si yo fuera más numantino, pediría un préstamo y abriría inmediatamente una tienda de recuerdos, pero como no soy numantino, que soy carpetano, pues no me atrevo.

 

Al volver de Soria se me agarró como una angustia en el pecho. Después de ver esos campos arbolados, esos espesos bosques deshabitados, ese ritmo de provincias en que el tiempo fluye con sinuosa lentitud, entrar en Madrid por Guadalajara me provocó ansiedad. Desde Guadalajara a Madrid, 50 kilómetros de centros comerciales, bloques de edificios como celdas, fábricas horrendas, todo ello sucediéndose sin descanso en medio de un atasco permanente mientras en la radio desaparece la música y queda copada por comentarios futbolísticos del tipo "el entrenador del Getafe dicen que dijo que no iba a comprar palomitas en el bar del cine; minuto y resultado, compañero, minuto y resultado, minuto y resultado, MINUTO Y RESULTADO". DÁSELO YA, POR DIOS, ¡DÁSELO!

 

El horror, oh, el horror.

 

 

 

Javier Arriero Retamar

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