Cuando Roberto H.E. empezó a acudir al cementerio no le pareció más que otra depravación menor, ni siquiera preocupante, como cuando, al comienzo de cada mes, llamaba a Rubí para pedirle cita.
Los sábados: por la mañana bajaba al supermercado y compraba cinco cajas de leche, media docena de huevos, una lechuga, un kilo de arroz, y trescientos gramos de ternera o de cordero y caballa o bonito fresco, lo que llevara la etiqueta roja de superoferta, y papel higiénico por un importe total, lo que por cuatro al mes supone... una vez tuvo que tirar dos pescadillas a la basura enteras porque sabía que se pondrían malas y olerían y no le daría tiempo a comerlas porque había comprado de más, y después de pensar en las monedas las vio como por primera vez, mirándole, hundidas, desde los pliegues de la bolsa, sobre el periódico del día anterior, moteadas de posos de café...
La primera vez que acudió al cementerio fue para quedar bien con un amigo al que no veía desde hacía diez años. Otro de los amigos le llamó y dijo, tienes que ir, iremos todos, y fue, aunque una vez allí empezó a pensar si podría reconocerle, porque diez años también le habían cambiado a él hasta el extremo de que en las fotos antiguas le parecía asistir a los momentos de otra persona, ese otro mirándole como una pescadilla tirada sobre el periódico del día anterior.
El cementerio estaba organizado como una ciudad, tenía avenidas con nombres y cruces de calles con señalizaciones y autobuses que recorrían esas calles haciendo paradas, y gente que se movía en silencio con trajes oscuros, barnizados con una seriedad tan plana que parecía fingida, pero cuando llegaban a un punto, agrupados, y se detenían junto a uno de esos agujeros... Una vez vio un documental de gorilas, los gorilas estaban tendidos entre el follaje de la selva, no le gustaban porque eran un poco como personas mal hechas, sobre todo cuando te miraban directamente, con la expresión de quien piensa. Prefería esa clase de programas donde gente corriente metida en algún sitio corriente hace cosas normales, día tras día, y cuando expulsaban a uno porque así es el juego descubría que había llegado a ser como alguien de la familia. El día que vio a los gorilas se manoseaban unos a otros, despiojándose, esas manos tan grandes y tan torcidas pero a la vez tan extrañamente delicadas, esas manos las cortaban y las utilizaban en alguna parte como ceniceros, y eso podía sentirlo, porque a veces se sentía un cenicero, y lo único que podía alentarle era llegar a casa y descalzarse y conectar el televisor para ver a esas personas normales haciendo normalidades. Una vez tuvo una imagen de sí mismo volviendo a casa y poniendo música clásica: se sentaba en un sillón de cuero, se sacaba los calcetines, apretaba el mando a distancia y sonaba Mozart, así que compró una cadena de alta fidelidad y cincuenta discos de Bach y Mozart y Wagner, nombres conocidos, no quería extraños en casa, aunque sólo lo usó un par de veces antes de volver al televisor, y Mozart y Wagner y la cadena fueron otro mueble que limpiar.
A principios de cada mes decidía qué agujero le apetecía y llamaba, fue por entonces cuando le dijo a Rubí creo que me estoy enamorando de ti, Rubí estaba sentada en la cama de espaldas y una mancha de sol circular caía desde la ventana sobre su espalda y pasó un dedo por la línea de su columna, creo que me estoy enamorando, y Rubí dijo, no, no es verdad, con una naturalidad tan aplastante que supo que, efectivamente, no era verdad; anda, vete ya, le dijo, y él se fue porque sabía que ella tenía que tener razón, él no podía estar enamorado si ella no lo estaba; había leído en una revista el caso de una actriz porno que recibía declaraciones de amor desesperadas y ella rechazaba todas, no me conocen, decía, de qué podrían enamorarse. Vestido, ya desde la puerta, vio en el hombro de Rubí un enrojecimiento alargado, en ese pliegue donde se separan el brazo y el pecho, donde van a parar las caras, el roce de barbas mal afeitadas y esperó sentir algo.
Los sábados por la tarde: lo que le atraía del cementerio era la gente quieta rodeando ese agujero como una boca, y los hombros, sacudiéndose como en espasmos, los demás acudían al lado de aquellos cuyos hombros se movían y ellos buscaban dónde esconder la cara, de algún modo era semejante a la reacción de esa mujer que quería llevar a la aseguradora a juicio y él tuvo que ponerle el cheque por la cifra que le habían ordenado y gritarle ¿quiere comerciar con la muerte de su hija?, y sólo después, tras la firma y las felicitaciones de empresa, al llegar a casa, pensó en esas manos de gorila donde se apagan cigarros, y estuvo a punto de llorar cuando expulsaron a uno de los concursantes, aunque no era exactamente un llanto; no se parecía a los de aquellas personas de negro ante tumbas abiertas, aunque él hubiera deseado que lo fuera.
A partir de ese momento volvió al cementerio sábado tras sábado, temiendo que cuantos viajaban con él en el autobús pudieran descubrirle, que de algún modo insospechado llegaran a saber que no tenía allí ningún muerto y que no era más que una especie de depravado, por lo que cada día tomaba una línea distinta. Cuando veía tras los cristales a un grupo detenido, paralizado por la inminencia, un poco encogidos porque en el cementerio el horizonte del cielo está abuhardillado, bajaba y les observaba, al principio desde la distancia; pero como toda depravación cada vez exige más, fue aproximándose lentamente, paso a paso, hasta que un día una anciana con los ojos nublados de cataratas salió del corro y le dijo, le acompaño en el sentimiento, y él la abrazó y buscó ese hueco en su hombro, y al levantar la mano para acariciar las guedejas de pelo gris vio que movía la mano como la de un gorila y sintió algo confuso, y bajo ese sentimiento intenso y extraño, una mezcla de pena y miedo. |
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