LA MAÑANA EN QUE ARRIO FUE ASESINADO, Grato sintió al despertar un cosquilleo en los dedos de la mano derecha como el roce de un aliento. Había soñado con Plácida. Plácida corría desnuda por un campo encharcado de flores y Grato iba tras ella y la cogía en brazos, y en ese momento en el lugar que había ocupado su pie aparece una boca abierta y rosada y un movimiento de serpiente en los tallos, rozando el vello de sus piernas.
Pero ahora tenía los ojos abiertos y disfrutaba del cosquilleo. Cuando era niño su madre le sacaba a tomar el sol a la puerta de la casa. Le dejaba sobre el lomo de una piedra cubierta de un musgo de olor meloso y veía los rayos en haces amarillos filtrándose entre las ramas de los arbustos, moteados de bayas rojas. Entonces aparecían ellos. Rugosos, acorazados de escamas, desplazándose con una sinuosidad rauda. Un mismo movimiento repetido en muchos cuerpos, un culebreo idéntico. Se detenían de repente, junto a sus dedos, y abrían una gran boca de mandíbulas aserradas. Escondía las manos, cuando todavía tenía dos manos, las dos juntas, entre las piernas, porque en cualquier momento podían cerrar esas mandíbulas en sus dedos, un golpe de cabeza, imprevisible, vertiginoso, y esas mandíbulas apresarían su mano y no la soltarían, había oído a su madre, hay que cortarles la cabeza porque jamás sueltan su presa. Se la tragarían.
Así, quieto, con las dos manos juntas sobre el vientre esperaba el regreso de su madre, aunque nunca le dijo, tengo miedo. No recordaba habérselo dicho, y si lo hizo ella rió, con esa risa, desvaneciendo el temor como para siempre, aunque para siempre sólo fuera hasta la siguiente mañana.
“¿Y por qué te asustaban los lagartos?”
La voz es tan cercana como el cosquilleo, veraz aunque ni la voz ni el cosquilleo estén sostenidos por una carne. Una voz que no recordaba haber olvidado como la espuma en la resaca de una ola, rozando el borde de la conciencia antes de desvanecerse. De qué tienes miedo.
Tras la ventana amanecía. Una opacidad grisácea con la tirantez de un velo a punto de rasgarse. Estrías de claridad, como si la luz arañara el vientre del cielo para derramarse por ese borde con una consistencia líquida.
Animado por esa voz todavía próxima alargó la mano izquierda hacia el punto donde persistía el fantasma del cosquilleo. En ese momento estallaron los gritos. Voces roncas que ascendían desde la calle, un crujido de maderos rotos como un cloqueo de huesos. Recogió la mano izquierda de un modo casi instintivo, dejando que el hormigueo fuera disipándose; escuchando, la misma atención que dirigía hacia esas mandíbulas, aunque únicamente pudo entender la repetición de un nombre; Arrio, Arrio, Arrio.
Estaba vistiéndose cuando llamaron la puerta. Era un hombre alto y moreno, casi negro. Desde el primer momento supo que se trataba de un soldado, aunque no iba armado ni llevaba uniforme. Calzaba sandalias de legionario, claveteadas de tachuelas. Un hombre guiado por una orden. Miró el muñón de Grato durante un instante, allí donde no estaba su mano derecha, y dijo “El Augusto Cayo Flavio Valerio Constantino quiere verte ahora en palacio”. Grato corrió a calzarse. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Le temblaba la mano y eso complicaba el proceso de atar las correas de las sandalias con una sola mano. Falló una y otra vez la lazada, y cuanto más se enredaban las correas más temblaban sus dedos. El soldado examinaba la operación, quieto bajo el umbral. Fue a su lado y se inclinó para anudarle las cintas de cuero alrededor de los tobillos. Por un momento dejó de ser un hombre con una orden. Cuando levantó la cabeza hacia Grato sonreía. Era algo que afectaba a toda su cara, a todo su cuerpo. “Todo en este mundo parece hecho a la medida de hombres perfectos – dijo - y yo no he conocido a ninguno que lo fuera”.
Grato bebió un sorbo de agua para aclarar la garganta y le ofreció la jarra, pero el hombre rehusó. Ya era otra vez un soldado.
-¿Eres cristiano?, le dijo Grato. - No soy nada. - Lástima. Podrías serlo. Y por fin conocerías a un hombre perfecto. - Prefiero servir a un hombre a servir a un Dios. Es más fácil.
La calle estaba vacía. Había un carro volcado y la acera estaba llena de melones reventados. El soldado recogió uno del suelo. Qué desperdicio, dijo. Hundió los dedos en la grieta causada por el golpe y lo abrió. Dio un par de dentelladas, llenándose los carrillos. Grato vio una larga cicatriz, honda y blanquecina, en la zona trasera de su muslo. La herida que recibe un legionario que da la espalda al enemigo. Chupaba la pulpa. “Mi padre sembraba melones más dulces que estos. Es una cuestión de agua. Ni poca ni mucha. Hay que recolectarlos en el momento justo. Muchos cuidados. Hay algo bueno en eso.”
Un soldado contemplativo. Le impacientaba. Constantino estaba esperándolo. Plácida estaba esperándolo. Había llegado hacía dos meses a la Nueva Roma, la ciudad de Constantino, con la coartada de asistir al sínodo convocado por los arrianistas. El sínodo le importaba un bledo. Su intención era otra. El mismo día de su llegada dejó a los funcionarios de palacio una petición a su nombre. Rogaba al emperador una exención de impuestos para Trajanópolis. Trajanópolis, fundada por veteranos de la guerra de Dacia en un remoto valle fronterizo, era una aldea dotada de teatro. El propio Trajano había ordenado su edificación con cargo al erario. Grato suponía que eso era lo que los veteranos pretendían del emperador cuando acordaron bautizarla con su nombre; un teatro. Ese teatro era el orgullo de Trajanópolis, aunque apenas merecía tal nombre. Lo constituían unas cuantas gradas cavadas en la piedra viva, invadidas de maleza y cubiertas de gallinazos. Dos veces al año un grupo de cómicos itinerantes comidos de pulgas representaban burdas versiones de Plauto que concluían siempre con alguno de los actores mostrando los genitales al público, culminación muy jaleada entre los borrachos. En ese momento la muchedumbre se dispersaba en busca de las putas ambulantes que acompañaban a la caravana de cómicos.
Una aldea orgullosa cuya cosecha había quedado destruida por un invierno especialmente frío y un granizo tardío. El hambre había empujado a los lobos a descender de las montañas. Merodeaban a la caída de la noche, husmeando en la basura y escarbando la nieve bajo los umbrales de las casas. El mismo instinto animal había arrastrado a los sármatas hacia la frontera. Se infiltraban en pequeñas bandas de jinetes que dejaban un rastro de cenizas calientes y cráneos hincados en estacas.
En opinión de Grato, Trajanópolis contaba con veinte, treinta almas buenas. De algún modo todas lo eran, pero puede que, estrictamente buenas, hubiera veinte. Cuando decidió aprovechar que el imperio ponía el servicio de postas a disposición de cuantos acudieran al sínodo para presentar su petición, lo hizo por esas veinte personas. Y por Plácida. Aunque la mayoría formara parte de su rebaño, aunque le costara admitirlo, sobre todo por Plácida. Porque quería a Plácida por encima de esos veinte. Y cuanto más amaba a Plácida, más temía al resto.
En ese momento, mientras recorría las avenidas de la Nueva Roma en compañía del soldado, una colosal arquitectura levantada en pocos años junto a la antigua Bizancio, tan reciente que todavía parecía conservar una pátina de polvo de piedra, creía sinceramente que el mismísimo Constantino estaba dispuesto a concederle por el sólo influjo de su nombre esa exención, y eso le llenaba de un orgullo semejante al que el teatro insuflaba a Trajanópolis. Pero cuando empezaron a cruzar una tras otra las inmensas salas y puertas de palacio, custodiadas con el celo que se emplearía en preservar el recinto sagrado del gran templo judío, el orgullo se desvaneció. Le pareció incluso que había arrastrado desde la aldea un hedor a cebolla y cabra. Había visto una sola vez a Constantino, presidiendo el sínodo desde un asiento de oro macizo situado en el mismo centro, una presencia magnífica envuelta en púrpura que escuchaba con una atención sin desfallecimiento, impasible como una estatua hasta que un leve movimiento de su mano abría un silencio tirante como la piel de un tambor. A ese poder algo más y algo menos que humano esperaba enfrentarse, buscando en el orgullo de su nombre el sostén para una mínima firmeza. “Dame fuerzas”.
Dejaron atrás las salas más grandes y concurridas. A medida que se internaban más profundamente en el laberinto de pasillos las estancias eran cada vez más reducidas y las puertas más pequeñas. En aquella última zona no había soldados ni dignatarios, sólo se cruzaron con algún esclavo que iba o venía con paso firme, ocupando el estrecho espacio de los pasillos como si reclamara una porción de su reino.
El soldado se detuvo ante una puerta de madera lisa, igual a las demás. Aquí es, dijo. Tras aquella puerta estaba el mismísimo emperador, y volvió a Grato el momento en suspenso en que alargaba la mano izquierda hacia el hormigueo. ¿Tengo que arrodillarme? le dijo al soldado, pero el soldado no contestó. Abrió aquella última puerta.
Lo primero que vio fue a un anciano de nariz un poco ganchuda y huesos anchos sentado en un retrete de mármol. Estaba descalzo y sólo apoyaba en el suelo la punta de los dedos. Sus pantorrillas eran morenas pero los pies eran muy blancos, casi delicados, una blancura divida por una línea perfecta justo por encima del tobillo. Alguien que usa zapatos cerrados. El viejo se levantó del retrete de un salto y fue hacia él a zancadas, con los brazos extendidos. El primer instinto de Grato fue retroceder, y algo de ese movimiento debió captar cuando lo agarró con fuerza por los hombros, clavándole los dedos. Eran ásperos, con callosidades como las que formaría la empuñadura de una espada, y sus brazos eran fuertes, aunque la piel tenía la flaccidez de la edad. Dijo: Grato. Sólo eso. En cierto modo como él había esperado. Pero su tono monocorde simplemente constataba un hecho. Constantino palpó el muñón con delectación, con los labios apretados, unos labios finos. Grato, el mártir que prefirió cortarse la mano a renegar de Dios. Luego, tras un momento de duda, preguntó: ¿Has desayunado?
Le llevó de la mano, como a un niño, hasta una mesa donde había vino, agua, leche, queso, un cuenco de aceitunas negras, un trozo de pan. ¡La petición! dijo.
El papel apareció en su mano y pasó su mirada por él, rápidamente, como si ya conociera su contenido. “Impuestos – dijo – siempre lo mismo”. Firmó al pie del documento y lo dejó allí, sobre la mesa. Se llevó una aceituna a la boca, observando a Grato. “A veces creo que no soy más que eso. Un impuesto”. Escupió el hueso. ¿No comes, Grato? Cogió una aceituna.
- Arrio ha muerto - dijo, antes de que pudiera llevársela a la boca – esta misma mañana. Reventado. Algo horrible. Lo suficientemente trágico como para despertar la suspicacia del populacho. Y su furia. Dan gritos, levantan los puños, en fin, todo eso. Como el berrinche de un niño. Unos dicen que lo han envenenado. Otros dicen que ha sido un castigo divino. ¿Tú qué dices?
- No lo sé. Constantino frunció el ceño, con una especie de severidad impostada. - ¿No lo sabes? Hasta los esclavos tienen opinión. Grato sintió que se ruborizaba. Bajó un poco la cabeza tratando de ocultar el rubor, y vio los pies del emperador, tan extrañamente delicados bajo las pantorrillas musculosas. - Todavía no he pensado lo suficiente sobre ello como para tener una opinión. - La opinión no sale de la cabeza, Grato, sale del hígado. Eso es lo que guía al populacho. El hígado. - Todo lo que sale de las entrañas huele mal. Prefiero usar la cabeza.
El emperador rió, y era una risa tan repentina que parecía desencajada. Constantino miraba al soldado con una especie de sorpresa. No sé cómo se castiga una afrenta contra las sagradas tripas del emperador, dijo, y se dio unos golpecitos en la barriga. Sonrió a Grato con complacencia, parecía extrañamente feliz. Tanto, que Grato pensó que ese hombre que ahora no parecía el emperador podría pasarle un brazo por los hombros y hablarle de mujeres o vino o de golpes de espada. Luego su rostro cambió. Como si su energía se hubiera disipado. Endeble. Respiró hondo. Parecía cansado. Demasiado viejo para las mujeres y el vino y los golpes de espada. Pero no era eso. Un viejo triste, pero no era nostalgia. Era dureza. Era algo frío y sombrío.
- Esa es la postura que necesito. Esta tragedia requiere una investigación y quiero que formes parte de la comisión que va a investigar la muerte de Arrio. Ve con este hombre.
Grato se quedó mirando el documento, sobre la mesa. Constantino sonrió, una sonrisa que movió toda su cara, tranquilizadora pero también gastada, como un cuero muy usado, plegando el entramado de arrugas.
- Te enviaré ese papel. Ve.
- Pero ¿Por qué yo? Soy un hombre simple. - Lo sé.
Y hasta aquí puedo leer. El segundo capítulo lo tienes en tu librería más cercana
Siniestra, editorial Plataforma
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