Detrás de Siniestra hay un exhaustivo (y extenuante) trabajo de documentación que conllevó el estudio de todas las fuentes del periodo que han llegado hasta nosotros, así como muchas de las interpretaciones actuales referentes a esas fuentes. Eso supone, puestos en línea, varios metros de libros.
Dediqué más de un año de investigación acerca de este periodo concreto de nuestra historia antes de escribir la primera línea, dispuesto a encarnar desde el absoluto rigor y hasta la concreción del detalle un mundo que desapareció hace mil seiscientos años. Se trataba de devolverlo a la vida, y hacerlo respirar.
La llave de la novela parte de un texto del historiador de la iglesia Sócrates. En él se narra la extraña muerte de Arrio. Y en esa narración, Sócrates señala al asesino. De un modo conciso. Pero, obligado por la censura, también sutil.
Recorrí muchas veces las pocas líneas de ese texto. Sócrates me susurraba al oído la solución a un crimen perpetrado mil seiscientos años atrás. Un crimen que cambiaría para siempre el curso de la historia.
Tendemos a entender la historia de un modo causal e ineludible. La historia es una narración en la que conocemos el final (y a veces, poco más que el final). Y buscamos las razones por las que así ha sucedido lo que ha sucedido.
Pero hay momentos clave en la historia en las que lo acontecido podría no haber acontecido, o haber acontecido de otra manera. Y entonces no seríamos quienes somos ahora.
A menudo tendemos a pensar que esos instantes decisivos están relacionados con las grandes batallas, donde una nación puede desaparecer en una mañana.
Pero el desenlace de Waterloo, cualquiera que hubiera sido, no habría modificado tanto nuestro modo de mirar, nuestra forma de pensar, de vivir y de reconocernos, como el nacimiento de Platón. Para entendernos a nosotros mismos dependemos más de Sócrates que de Francia.
Los momentos clave de la humanidad no están relacionados tanto con las armas como con las ideas, que son las únicas armas cargadas de futuro. Las espadas sólo pueden extender la muerte, pero las ideas extienden la vida, porque son transferibles, y se propagan como un incendio. Viven en nuestro interior, y nos expanden como el oxígeno hincha nuestros pulmones.
Muy pocos seres humanos se han erigido en auténticos pilares del futuro, como lo hizo Constantino El Grande. Roma y su sociedad cayeron, sus acueductos se derrumbaron, sus sistemas filosóficos se vaciaron; pero las ideas que protegió Constantino son las que hoy nos componen a nosotros. Da igual que seamos cristianos, judíos, musulmanes, agnósticos o ateos; da igual que creamos o no creamos; la columna de esas ideas está en nuestro modo de pensar y de mirar.
Y pudo no ser así.
En el año 336 se articuló un modo de entender el cristianismo, un modo de entender la tierra y el cielo y su relación; apareció una iglesia única, lo que llevó a la existencia de un concepto que anteriormente no había existido: el de herejía. Y, ante todo, surgió un nuevo modo de entender el mundo y al ser humano.
Pero pudo no ser así. El cristianismo pudo haber sido abortado, o haber tomado otra forma; pudo haber otra tierra, otro cielo y otra relación entre ellos; pudo haber otra iglesia, o muchas, o ninguna.
Siniestra es la narración trepidante de un crimen brutal y su investigación. Y también la historia de una revolución fracasada, atrapada en el lado izquierdo del espejo. Pero muestra, ante todo, un momento de cambio radical en el devenir de la humanidad. Habla de cómo surgió eso que llamamos conciencia interior; el remordimiento, la compasión, el concepto de intimidad, una redefinición de lo que es ser humano. Una noción nueva del bien y del mal que es la que hoy nos compone.
Siniestra es la narración de cómo el hombre público que vive para el aplauso, encadenado a un guión, como una marioneta, desciende del escenario. Es la historia del ser humano que deja de interpretar un papel y se arranca la máscara; y al hacerlo, se llena de sí mismo.