Caléndula (nombre ficticio para preservar el anonimato de mi esposa) me dijo:
- Quiero ir de viaje.
- Dónde.
- A Londres.
- Pues venga.
(Aviso para viajeros: no hace falta ninguna razón especial para ir a Londres, pero si quieres buscarlas, es posible encontrarlas).
Así que Caléndula se dedicó a buscar vuelo y hotel por Internet, y como Caléndula estaba en paro y pelín obsesionada con este hecho, exclamando desmayadamente frases como “jamás encontraré trabajo”, se dedicó a ello en cuerpo y alma. Tan en cuerpo y alma se dedicó que cuando llegaba a casa la encontraba con los ojos rojos y desorbitados de mirar la pantalla del ordenador, enarbolando un plano de Londres repleto de anotaciones y post it pegados y manejando en su mente abstrusos cálculos probabilísticos que medían distancia del metro al British Museum, del British Museum al aeropuerto, el precio de los desayunos, el tamaño de las camas, el número de estrellas del hotel y los miles de comentarios de todos y cada uno de sus usuarios.
Que, temiendo por su salud mental, le decía yo, coge cualquier hotel, y me decía consternada, eso es fácil decirlo.
Total, que tras varios meses en este plan consiguió un hotel de lujo por un precio de escándalo, y le dije, contrata ya, que como sigas otros seis meses buscando eres capaz de que nos paguen por alojarnos en el Meliá, pero a cambio te tendré que internar en un psiquiátrico.
Así que nos plantamos en Londres. Hay dos formas de llegar al centro desde el aeropuerto, o bien un tren rápido que te deja en quince minutos y cuesta 16 libras, o el metro, que se tarda una hora, pero eso sí, contemplas a tramos la periferia, ya que las afueras las recorres por superficie. Eso te permite descubrir:
1 que la vegetación es tan verde como la de las películas,
2 que hay bloques de pisos como en Madrid, y ésta es tu única oportunidad de verlos,
3 que los usuarios de metro tienen la misma cara de lunes en todas partes.
Nos apoderamos de la habitación de hotel y la cama parecía pequeña, pero eso era debido al tamaño de la habitación, que según mis cálculos era como toda nuestra casa, y cuando Caléndula se tumbaba en la cama corría riesgo de no volver a encontrarla.
Como nos habían jurado y perjurado que en Londres era imposible comer, y de su gastronomía sólo recordaba la existencia de té y sándwiches de pepinillo, llevábamos en la maleta como cuarto y mitad de matanza de cerdo, como si viniéramos del pueblo, amén de magdalenas. Como los desayunos costaban diez libras y consistían básicamente en grasa con guarnición de judías, que son buenas para los gases, habíamos decidido hábilmente emplear las teteras que ponen en los hoteles anglosajones para prepararnos cafés con leche acompañados de bollos por la cara.
En fin, primer tópico derribado. En Londres no sólo es posible comer, dado que venden sándwiches bien rellenos casi en cualquier parte, sino que incluso es posible comer bien. Hay un montón de restaurantes de comida semirrápida, pizzerías, indios, japoneses, y a un precio comparable al de Madrid. Los embutidos nos los trajimos de vuelta sin desempaquetar, no os digo más, y eso que llevábamos hasta jamón.
Así que dejamos la maleta en la habitación y corrimos al British Museum, donde constatamos que los ingleses habían atesorado doscientos años de expolios arqueológicos. Contiene por tanto la mayor parte del arte histórico del mundo, y que está constituido por lo siguiente, en un resumen sucinto, y que así nombrados parecen títulos de Best Sellers protagonizados por Indiana Jones:
las puertas de la ciudad de Nimrud, los relieves del palacio de Salmanasar III (nunca confundir con Salmanasar II, que es otro) un busto de Germánico, mi héroe de la infancia, otro de Pericles, que no es mi héroe, los tesoros de la tumba real de Ur, un enterramiento de Jericó, las metopas del Partenón, la tumba de Mausolo, una cantidad indefinida y absurda de momias egipcias, y como dijo Caléndula, esto es sólo lo que enseñan, que a saber lo que tienen en el sótano, momento en que mi cabeza empezó a dar vueltas, y mezcla del largo viaje en avión, la impresión de la cama del hotel y tal acumulación de restos históricos que para mí los quisiera, me vi forzado a tomar asiento para no desmayarme asaltado por el síndrome de Stendhal. (Aviso a viajeros: la entrada al British es gratis. Hay urnas por todas partes donde puedes echar billetes a voluntad. Yo no eché ni uno, justificándome en el hecho de que cuanto veía eran tesoros expoliados de sus lugares de origen por la rapiña de la Pérfida Albión, y quien roba a un ladrón… pero acosado por la mala conciencia de parecerme a ellos, y lanzado contra mi voluntad a una especie de debate interno de proporciones filosóficas, finalmente decidí deshacerme de la posible mala conciencia y del debate interno volcando unos peniques de forma y manera que sonaran mucho).
A las seis de la tarde nos echaron del British porque cerraban, momento en que constatamos varios hechos:
1 que tendríamos que volver antes de irnos para poder verlo todo, porque era como llenarse la boca de caviar a puñados y no nos daban de sí las tragaderas,
2 que a según que edades estos recorridos turísticos son mortales de necesidad,
3 que Caléndula se había vuelto a tumbar en la cama del hotel y la tuve que localizar a voces,
4 que la habitación del hotel estaba llena de espejos que me reflejaban en pelota picada camino de la ducha.
Debo decir que algo tienen los espejos de los hoteles de lujo que te reflejan más alto, más guapo y mejor dotado de lo que te refleja la propia realidad, que también es un espejo. Es como los espejos de las ferias, pero es una deformación inversa, porque en vez de hacerte grotescamente gordo te rellena de virtudes y músculos.
¡Así que estoy más bueno de lo que creía!, pensé gozosamente, momento en que salté alegremente sobre la cama, satisfecho de mi virilidad, y me di un golpe en el pómulo con lo que resultó ser la rodilla de Caléndula, que era tan difícil como que un paracaidista aterrice sobre un platillo de café, pero así sucedió, aunque ni siquiera este hecho pudo detener mi gozo, y seguí descojonándome de alegría mientras decía ay, ay, ay.
Tras cenar en un indio nos arrastramos penosamente hasta el dormitorio porque al día siguiente íbamos a:
La torre de Londres. (Aviso a viajeros: es posible comprar las entradas a través de Internet, lo que te ahorra mucho tiempo, sobre todo si logras encontrar la taquilla en la que imprimen las entradas compradas a través de Internet).
La torre de Londres nos ocupó casi todo el día, y porque teníamos prisa. Qué podría deciros de la Torre de Londres. Parece ser que dentro han descabezado a algunos ingleses de renombre. Tienen una cosa que se llama Puerta de los traidores, que es como una puerta acuática, por la que introducían en barca a los ingleses de renombre todavía con cabeza. Salir no salían nunca, porque los enterraban dentro de la capilla que construyeron para ello. Porque matar sí, pero siempre desde la piedad de dar luego anglicana sepultura.
En cuanto al concepto de traición, es el mismo en todas partes: hay dos que quieren ser rey pero sólo hay sitio para uno, así que el más maquiavélico llega a rey, lo que convierte de inmediato al otro postulante en traidor. Pero vamos, los roles son intercambiables, que para eso son roles.
Hay otra que se llama La torre sangrienta, que es precisamente donde menos gente ha muerto. Se llama así porque desaparecieron tres niños allá por 1600 y todavía los están buscando. Empiezan a olerse que quizá no los van a encontrar vivos.
De hecho, se teme que los mató o bien uno o bien otro postulante a la corona del momento, ya que estorbaban en su camino al trono. Se puede votar quién de los dos ordenó su muerte, y me pareció una forma muy democrática y concluyente de resolver crímenes, la verdad.
Y hay cuervos, las joyas de la corona, la cama reconstruida de un rey del 1200, juegos interactivos para niños, pero donde acaban jugando los mayores, y en realidad hay más de lo que puedo recordar, porque tras el impacto del British el mundo entero (a excepción de mi bella esposa) se me hacía como distante, insuficiente y pálido, incluida la Torre de Londres.
Pues tras esta larga visita recorrimos la ciudad, caminando siempre junto al río (hay recorridos en barco, pero no tuvimos el gusto), hasta que llegamos al edificio del Parlamento y el Big Ben (que no Big Bang, como le decía yo a Caléndula, que se descojonaba viva).
El Big Ben es como esos relojes situados encima de una torre que hay en todas las plazas de los pueblos, pero más alto y con más dorados. Por alguna misteriosa razón, resulta hermoso. Si uno lo piensa, el reloj es una invención capital en nuestro modo de vida, ya que con él se inventaron los cuartos de hora y los minutos. Si siguiéramos midiendo el tiempo por la altura del sol jamás llegaríamos tarde (llegarías o no llegarías, sencillamente, sin más) y a mí me hubiera dado tiempo de ver Londres en condiciones, porque iba a contrarreloj.
Frente al Big Ben está el monumento a Boudica, una enorme noria a la que llaman el ojo de algo, no está claro porque no termino de entender el inglés, por no decir que no entiendo nada en absoluto, salvo palabras sueltas como yes y no, y frases hechas, útiles para momentos de emergencia, como “Kiss my ass”. He de mencionar que los ingleses hablan inglés de un modo tan radical que resulta ininteligible, aunque eso no supone problema, siempre y cuando lleves libras en el bolsillo. Si no llevas libras, el inglés es sólo uno de tus problemas, así que tampoco hay que preocuparse.
Apunte: he mejorado mucho mi inglés desde entonces, por si vuelvo, pero admito que mejorarlo era fácil. Y en este recorrido por la ciudad constaté una serie de hechos:
1 las pelirrojas existen;
2 las inglesas no son ni mucho menos gordas y rubias como vacas, tal como nos han hecho creer, probablemente para quedárselas todas;
3 en Londres hay una cantidad de ingleses muy inferior a lo que se sospecha, dado que la mayoría de los que veíamos por la calle eran o bien españoles, o bien de cualquier otro sitio, desde hindúes a negros. (De hecho, si alguien quiere ver ingleses, es mejor ir a Benidorm, lugar en el que también he estado, y ya lo contaré).
Llegamos a Trafalgar Square, donde hay un monumento a Nelson. A Nelson no lo pueden poner a caballo porque era hombre de mar, pero luce mucho. En esta plaza está la librería más grande de Europa (según mi guía de viajes) donde entré sobrecogido como si entrara a un templo, imaginando las maravillas que contendría, todas a precios asequibles.
Tuve que salir corriendo antes de que me diera una apoplejía, dado que todas esas maravillas, que sí las había, estaban en un idioma completamente ininteligible y probablemente bárbaro. Allí tuve que dejar un ejemplar de Finnegans Wake, que nunca se ha traducido al español, por increíble que parezca, o una recopilación casi completa de los poemas de Seamus Heaney, hechos ambos que me partieron el alma, pero era como el gallego que se encuentra una sirena y la vuelve a tirar al mar, preguntándose, ¿y por dónde?
(Aquí el lector se preguntará si soy tan cándido como para no comprender que las librerías inglesas contienen libros en inglés, a lo que debo decir que sí, lo sabía, pero tengo tal talento para la esperanza y el autoengaño que no acababa de creérmelo, y me obligué a constatarlo).
En cuanto a la arquitectura de la ciudad, es sorprendente. No hay una zona histórica que recorrer, ya que Londres se quemó de parte a parte allá por 1700, según mi guía de viajes. Pero da igual. Es grande, variada, cosmopolita. Todos los edificios son singulares, todos son distintos, y sin embargo, situados unos junto a otros dan sensación de armonía. Londres da sensación de Metrópoli global, de ser el sitio donde PASAN las cosas. No quiero ni imaginarme cómo será Nueva York.
Bien, allá sobre las ocho hora local me empecé a sentir fatal, en el sentido que de que ya no podía dar un paso, porque creo que habíamos caminado la misma distancia que separa en línea recta París de Detroit, por lo menos a nivel subjetivo. Aunque me callé, para evitar que mi encantadora esposa pensara que se había casado con un hombre débil, hipocondríaco y permanentemente agotado. Diez minutos estuve callado, pero ya no pude más, y le dije, por dios te lo pido, esposa de mis amores, llévame a comer algo caliente antes de que me dé un desmayo.
En este punto debo decir que Caléndula es una persona contradictoria, en el sentido de que le gusta viajar a lugares exóticos y lo más lejanos posible, y sólo admite alojarse en hoteles buenos o muy buenos (lo que va en consonancia con su belleza) PERO luego protesta porque gastamos en ello mucho dinero. Así que poco menos que pretendía mantener este cuerpo serrano que descubrí en los espejos a base de sándwiches baratos, y este cuerpo, cueste o no cueste, precisa para mantenerse de buenos alimentos, y a ser posible calientes.
Así que logré convencerla de que fuéramos a un japonés, donde pedí una especie de sopa nutritiva, y luego, fortalecido, fuimos a tomar una cerveza local en un pub local, que resultó ser una cerveza que sabía exactamente igual que la Mahou y el pub era igual que los de aquí, salvo por el hecho de que no dejaban fumar.
Tras esto caí tronchado en la cama, y a la mañana siguiente corrimos al British antes incluso de que abrieran. Tras un rápido vistazo, volvimos volando para Madrid junto a una familia del Opus completamente consternada (o trastornada) porque el avión no aterrizaría antes de la misa de las nueve. Hubo un momento de estupor cuando descubrimos al comandante de la nave sentado entre la familia del Opus contando chistes, pero se ve que eran todos de La Obra, y el avión estaba en manos de Dios, ¿en qué manos mejor?
He de decir que allí con mi pelo rubio estaba completamente camuflado y nos paraban a menudo para preguntarnos por calles, momento en que les decía, hablen con mi joven esposa. Sólo un inglés se esforzó por hacerse entender cuando se dirigió a mí, y fue el tipo que me vendió dos botellas de whisky de quince años cada una en el aeropuerto. En un momento en que me solté de la mano de mi mujer, cosa que evitaba hacer por si me pasaba precisamente esto, el tipo corrió a acosarme cuando estaba con las botellas entre los brazos, y tras quince minutos de diálogo en que él me hablaba en perfecto inglés y yo le contestaba en perfecto español alcancé a entenderle que lo que pretendía decirme es que podía llevarme hasta diez botellas a España. Ten bottles, ten bottles. Ah, cómo derriban barreras lingüísticas los porcentajes de comisión, cómo allana el dinero todas las diferencias culturales, se llame libras o euros.
Qué hermoso es el capitalismo y la globalización.
Y qué cara de doloroso estupor se le quedó a Caléndula cuando consultó el saldo de la cuenta, momento en que la amé desmedidamente, precisamente por ser contradictoria, y también por apaciguar su dolor.
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